CUARTO OSCURO | O |
16 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.PARA QUE UNA bicicleta pueda ser considerada un vehículo de guerra, decía un amigo mío, basta con que la monte un guardia civil armado. Para que un coche mate, basta con un conductor hijoputa y, de éstos, a lo que se ve, están las carreteras y autopistas llenas. El carnet de conducir no les habrá tocado en una tómbola pero a los que con ellos nos cruzamos sin que se desate el drama, nos ha venido a ver Dios con toda su cohorte de ángeles, santos y estampitas milagrosas. Líbranos Señor de todo mal y la Guardia Civil de los conductores suicidas. Imagínense la situación. De regreso de un feliz fin de semana, va Vd. y toda su familia en el coche del que aún le restan una porrada de letras por pagar. Como está cansado y a pesar del pillaje, que no peaje, ha decidido, por seguridad, meterse en la autopista. Y ahí están, tranquilos, en la rutina del niño que pregunta si falta mucho para llegar, en el último CD de la niña que suena desde hace tres horas, en la conversación cómplice del matrimonio que llevan años viajando, que es una forma de vivir, juntos. Arriba, la noche oscura. Abajo, el asfalto oscuro y, delante, las luces rojas de otros compañeros de viaje. Y de pronto, buscándote, dos luces blancas. La razón te dice que no puede ser, que quizás sea un efecto óptico. Nadie puede circular en tú dirección. Y mientras dudas, porque la razón siempre tarda en comprender lo que el corazón intuye, las luces blancas se te vienen encima como una bestia. Quiebras y requiebras con tu utilitario, inerte, entregado, vencido ante la bestia que, finalmente, inexorablemente, te embiste. Un golpe brutal, una explosión, el calor del fuego y las voces de socorro que se diluyen cada vez más lejanas. Hasta el silencio. Ni siquiera que el hijoputa se queme lento te consuela. Para entonces estarás muerto y no podrás avivar su sufrimiento rociándolo con gasolina. Un conductor, con el cinturón de seguridad colocado, que es capaz de circular en dirección contraria durante varios kilómetros, esquivando el tráfico, no es un conductor suicida, es un asesino. Su acción no es una imprudencia temeraria con resultado de muerte, es un asesinato. El predecible resultado de su acto no difiere de apuntar con una pistola y disparar. Ojalá las balas salieran por la culata para que, cuando el impaciente niño pregunta si falta mucho para llegar, sus padres le puedan calmar con un cierto, poco, cariño, poco.