Honradez

CRISTINA LOSADA

VIGO

ANTÍPODAS | O |

30 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SIEMPRE me han merecido gran respeto los conductores de los autobuses urbanos, que han de bandearse en la tensa selva del tráfico y, a veces, soportar nuestras quejas, por justificadas que estén, que lo están. Por ello, me impresionó el relato que un amigo ha hecho de un suceso ocurrido en Barcelona. Un veterano conductor de autobús se suicidó en abril, y algo que parecería inapelablemente privado, resultó que no lo era tanto. Pablo Díez Cuesta había sido despedido tras habérsele acusado de embolsarse la cantidad de un euro y diez céntimos. Ridícula cantidad y, sin embargo, qué consecuencias. Díez Cuesta negó la acusación, pero la empresa le propuso una suspensión de empleo y sueldo siempre que reconociera la falta. No lo hizo así el conductor, que tenía un sentido del honor y la dignidad que para sí quisieran muchos de los que emplean con prosopopeya esas palabras. Se mantuvo en su inocencia, pese que sabía que se jugaba el puesto. Después de notificársele el despido, su cuerpo apareció colgado. Así funciona a veces la maquinaria burocrática, cualquiera de esas apisonadoras de los individuos, cuando se echan a rodar. Pero esta maquinaria la dirigía el Ayuntamiento de Barcelona, que se presenta de puertas afuera con careta humanitaria, dialogante, multiculturalista y todo el buen rollo que ahora se extiende con la untuosidad del maquillaje. Por eso, cuando saltó el caso al juzgado, el Ayuntamiento hizo lo posible para que el presidente de la empresa y primer teniente de alcalde no tuviera que comparecer. Un acuerdo económico privado le ahorró al edil el trance de mancharse la careta. Todavía hay personas para quienes la sombra de una sospecha sobre su honradez les resulta insoportable. Mientras que hay otras que no piden perdón, sino indultos, por haber robado millones del erario. closadafernandez@yahoo.es