ANTÍPODAS
23 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.HACE dos días conocí a Irene Villa, la chica que, cuando tenía 13 años, perdió las piernas por efecto de una bomba-lapa de ETA. Presentaba un libro en el que cuenta cómo pudo seguir adelante y llegó a ser lo que es hoy, una mujer positiva, fuerte, dedicada a una misión: ayudar a otras víctimas del terrorismo. Al poco del atentado, aún en el hospital, Villa tomó una decisión, más fácil de formular que de llevar a cabo: no iba a permitir que ETA le robara, además de sus piernas, su vida. Su valentía, su heroísmo, nacieron en ella con naturalidad, como deben nacer esas cualidades que siempre tienen algo de sobrehumanas, pero que son humanas. Como humanos son los vicios opuestos, la cobardía, el odio, el fanatismo y otros que envenenan a quienes siegan la vida de otras personas para conseguir sus objetivos políticos. De un terror de otra latitud, habló también estos días otra mujer, la iraquí Safia, protagonista de un libro escrito por una periodista austriaca. Hija de un jeque iraquí, contrario a Sadam Husein, vivió la persecución y el asesinato de su padre. Hoy pide ayuda para la naciente democracia iraquí, una ayuda, que por sinrazones diversas, tantos niegan hoy, pese a lo que va en ello. Y de Irak, atenazada por el terror, venía la voz de otra mujer, la directora de Care, que ha sido secuestrada. Pidió a Blair que retirara las tropas, esas que los iraquíes como Safia creen necesarias para que no domine de nuevo allí un régimen asesino. Hay circunstancias en las que no puede pedirse heroísmo. Los bárbaros, como llamaba el escritor Joseph Roth a los nazis, tienen, respecto a los que no lo son, la ventaja que les proporciona su desprecio por la vida humana. Miles de personas se conmueven ante la víctima y ellos, los que no dudan en matar, utilizan esa compasión para conseguir su objetivo. closadafernandez@yahoo.es