CUARTO OSCURO | O |
07 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.UN ESPAÑOL se queja amargamente por los devastadores efectos del huracán que asoló Tahití. Hasta aquí todo normal. Pero el tío no se duele por los dos mil muertos y desaparecidos, los escasos enseres perdidos, las gentes desorientadas por las calles y sus miradas dolidas. Tampoco por la previsión de un futuro más empobrecido porque sabido es que no mata ni arranca la esperanza el huracán, sino la pobreza. En un acto de sinceridad solidaria, el turista indecente, ambas cosas por igual, anunciaba cabreado su intención de interponer denuncia contra la agencia con la que había contratado el viaje por no predecir, alertar y evitarle de la llegada y efectos del huracán. Sobre su persona no sobre los demás. Efectos que le mantuvieron cómodo y contemplativo en su hotel, de habitación climatizada y nevera llena aunque, eso sí, sin poder salir a que el sol le bronceara la piel porque lo que es la cabeza, algún tipo de insolación debió sufrir. Desconozco porque no entabla demanda contra el huracán mismo. Será porque a éste las responsabilidades civiles subsidiarias se la sudan y no paga. Esta actitud es equiparable a la de un vecino de Bagdad que proteste porque las bombas y disparos nocturnos, aún los gritos de las víctimas, le impiden dormir. También homologable a la de quien, durante el 11 M, se rebota porque el suceso altera la normal programación de TV y no puede ver el fútbol. Ciertamente, el ser español y turista no inmunizan contra la estupidez vanal, egoísta y pueblerina de que uno se considere el centro del mundo occidental y libre. Antes de mí, la Nada. Si el susodicho se aplicase el conocido donde fueres, haz lo que vieres , estaría tan ocupado en ayudar o, cuando menos, apenarse con el sufrimiento ajeno, que se habría evitado el sonrojo- también ajeno- de tan infortunadas palabras. Definitivamente, mientras a unos, los de siempre, el huracán les llevó sus vidas y sus casas, a este probo ciudadano escandalizado, preocupado por sus playeras y bermudas, se le llevó el sentido común, y hasta el corazón.