NATÍPODAS
04 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.ESTOS DÍAS había en La Voz digital una encuesta sobre si se estaba de acuerdo o no con que la gente anduviera desnuda por la calle. La pregunta venía motivada por que el Ayuntamiento barcelonés se ha propuesto apoyar el nudismo. A tal efecto, editó un tríptico en el que aparecían personas en pelota en plena urbe. Cosas del seudoprogresismo, decía un lector. La encuesta, la última vez que le eché el ojo, arrojaba una mayoría de síes. Cosas veredes. Sobre todo, en Galicia, donde hace veinte años se les tiraban piedras a los nudistas, y hace cuarenta, a los que se ponían en traje de baño en playas cercanas a ciertos pueblos. Hace algún tiempo, un fotógrafo aterrizó en Barcelona y pidió voluntarios para una foto de grupo. Los tales debían presentarse desnudos a una hora tal que las seis de la mañana. Acudieron miles. Encantados, se ve, de posar en bolas en la calle, y me temo, sin cobrar nada. Eso es afición. A mí la foto de aquella foto que publicaban los periódicos me recordó a los campos de concentración nazis. En ellos se ponía a la gente en pelota. El desnudo iguala. Tanto que desindividualiza. Un cuerpo más, numerado, en los campos de la muerte. No sé si esa era la asociación que pretendía el artista y tanto me da, esa es la que yo hice. Aquí, como decía, de un extremo al otro. Este verano, los encuestados por una tele local acerca de la cohabitación de nudistas y textiles en la playa, se pronunciaban en su mayoría por el socorrido falsete "que cada cual haga lo que le dé la gana". Ya será menos. De momento, el único individuo que he visto desnudo por una ciudad, y a más, descalzo, llevaba chorretones de pintura roja y gritaba: Soy Dios, y vengo a salvar al mundo. Hacía mucho calor. closadafernandez@yahoo.es