LA DRAGA | O |
26 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LOS QUE viven en un pueblo o una aldea tienen grandes inconvenientes y algunas ventajas que hacen que los urbanitas los envidiemos. Tuve la suerte de criarme en un pueblo y romper los zapatos Gorila dando patadas al balón en la calle. Cuando venía un coche nos apartábamos y luego seguíamos jugando hasta que pasaba el siguiente automóvil. El pasado fin de semana acudí a una boda a una pequeña localidad situada muy cerca de la autovía que une A Coruña y Lugo con Madrid. El entorno producía una mezcla de desolación y alegría. Hace años el pueblo tenía dos bares y dos panaderías. Hoy sólo queda un establecimiento para tomar el vermú los domingos después de misa y un horno que sigue haciendo el pan con leña. Al lado del río el pueblo tienen un campo de frontón, uno de fútbol y otro de futbito. En estos dos últimos sólo permanecen sendas porterías oxidadas. Nadie los usa. Los pocos niños que hay van al colegio a una localidad cercana porque en la suya no existe ningún centro. Los padres tienen pocas posibilidades de elegir el tipo de enseñanza que quieren para sus hijos. Si no les gusta el colegio del pueblo de al lado se tienen que fastidiar. A cambio tienen todo el espacio del mundo para jugar, montar en bici, correr y ver de cerca la naturaleza sin tener que acudir a una convivencia en una granja escuela donde aprenden que la leche no viene del tetrabrik. Desde luego, si uno cuenta en ese pueblo, o en cualquier otro, que en Vigo han desalojado una plaza porque habia un avispero se echan a reir. «Orina y haz barro y póntelo sobre la picadura, ya veras como se te pasa enseguida el solor». Es lo que se hace en un pueblo, y funciona.