ANTÍPODAS
10 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.EL RITUAL de las procesiones de Semana Santa ha tenido en esta ciudad relativamente pocos seguidores en las últimas décadas, pero no porque aquí se les tenga alergia a las procesiones; basta recordar la que se monta en agosto con la del Cristo. Para los que no somos creyentes, las procesiones son, ante todo, espectáculo, aunque ese componente reside también en la propia naturaleza de esos actos. Además, los que, pese a todo, estudiamos algo de religión, entendemos su simbolismo y sabemos que lo que en ellas se expresa está en la raíz de nuestra cultura. Esto es un hecho histórico, que es tan absurdo negar como las raíces griegas y romanas de la misma, por mucho que se empeñen algunos con el furor del des-converso. Comparado con otros lugares de España, aquí tenemos unas procesiones modestas, pero decorosas. He visto algunas estos días, en los que no había en la ciudad despoblada mucho que hacer, aparte de guarecerse del viento, y me llamaron la atención la prestancia de los encapuchados y demás personas de las cofradías, la calidad decorativa de los pasos, y la presencia de bandas de música, de juvenil composición, y, en una de ellas, de los bomberos del norte de Portugal, impresionantes con sus cascos metálicos. Pero lo que también me llamó la atención es la escasa, por no decir, nula publicidad que se hace de estos actos. En una ciudad donde se pergeñan carteles y folletos informativos sobre cada fiesta más o menos arraigada que existe, sea el Carnaval o la Reconquista, las fiestas de verano o la cabalgata de Reyes, de las procesiones se entera uno porque pasaba por allí o se molesta en averiguarlo. ¿Por qué? No tengo idea, pero no pienso que sea porque se teme que padezca con ello la separación Iglesia-Estado.