CUARTO OSCURO | O |
23 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.LA FELICIDAD no es cosa de tamaño. Seguramente piensen lo contrario esos machos machotes cuya autoestima sube y baja (más lo segundo que lo primero) al compás del tamaño de su entrepierna. También discreparán Bush, tan dispuesto y necesitado de salvar al mundo, Aznar que parece el único genéticamente predispuesto para salvaguardar la unidad nacional, el Papa convertido en bastión de una religión que desanda los siglos y hasta Victoria que acaba de descubrir un místico parecido entre su marido, David Beckham, y Jesús de Nazareth -¡Dios es Cristo!-, al tiempo que casi convoca una rueda de prensa para informar de que su esposo le ha regalado un DVD de generación aún por descubrir. En conclusión: el Cristo actual no hace milagros, regala DVD. Ajena a tanta magnitud y proeza, puede que incluso a todo aquello que no sea el instante inmediato, hace días que reparo en una mujer de edad indeterminada, aspecto bondadoso, cabello cano, mirada de recuerdo apacible y vestimenta humilde, como su actitud. La veo al pasar, siempre sentada en un banco de madera, a las puertas de un colegio, cuando el griterío de los niños en recreo nos recuerda lo que alguna vez fuimos y no volverá. Con calor, con lluvia o con frío, ella siempre está allí. Inmóvil. Sin aparente actividad. Como Penélope a la espera de Ulises. Tanto, que es necesario aguzar la vista para distinguirla entre el paisaje urbano. Cansado de imaginar su misterio, ayer le pregunté por su presencia y me habló que fue maestra, así, maestra durante tanto y tan feliz tiempo que ahora, jubilada, para las cosas pequeñas y cotidianas, como el vivir, necesita sentarse a las puertas del colegio, donde las risas jubilosas, los llantos breves y hasta los silencios cómplices de los niños, traídas por el viento, la envuelvan, alienten y animen a seguir, esperanzada, con sus pequeñas cosas.