Insuperable Thibaudet

TITO DEAN

VIGO

CRÍTICA MUSICAL | O |

02 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

UNA ACTUACIÓN como la ofrecida por el excepcional artista francés Jean Ives Thibaudet en el teatro Fraga dentro del festival Are More dejando una imborrable huella en la memoria, no puede pretender ser expresada con lenguaje cotidiano, porque como muy bien diría Tolstoi «La Música continúa por dónde las palabras no llegan». Fue de justicia pues, el que recibiera una de las ovaciones más entusiastas y sinceras que el público ha tributado en los cuatro años del festival. Generoso respondió con tres encores de Liszt, adaptando el Liebestod del Tristan wagneriano, más Debussy y Mompou. Impuso con su personal estilo e intachable musicalidad, toda una exhibición de versatilidad, dominio expresivo y técnica de la mejor escuela, al servicio de cinco de sus muchos «caballos de batalla», cinco autores que conforman otros tantos capítulos vitales en la literatura pianística, que el mismo Jean-Yves Thibaudet ha grabado para Decca, sello del que es artista exclusivo. Si sorprendente es su Chopin, lo más conocido y no por ello menos difícil, es con Liszt donde deja constancia de una técnica portentosa. Si allí era la sutilidad y transparencia de texturas, aquí es la potente densidad expuesta con pasmosa facilidad. Igualmente inatacable la segunda parte, dedicada al repertorio francés: tres de los études de Debussy, la justamente célebre Gymnopédie nº 1 y las Gnossienne nº 7 y The Dreamy Fish , del siempre inconformista Erik Satie, una figura siempre a contracorriente, y cada vez más valorada. Pero fue en la obra del místico Messiaen, cantor del amor, la religión y los pájaros -genial contrapunto al arte burlón de Satie donde Thibaudet destapa el frasco de las esencias y deja literalmente boquiabierta a toda la audiencia. ¿Se puede interpretar mejor una música tan compleja (el mismo Messiaen decía de su música que era extremadamente difícil de ejecutar) tan abstracta, de manera tan sublime? Un concierto así no finaliza al cesar los sonidos: continúan para siempre en nuestra memoria. Después de escuchar a Thibaudet, ya no somos los mismos.