OPINIÓN | O |
07 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Unos señores bajan a la playa y se quedan en pelotas delante de todas las familias que, un domingo como otro cualquiera, han desplegado su campamento de sombrillas y toallas en un arenal de Coruxo. Unos, ni se enteran, otros, pasan, pero unos cuantos, se indignan y amenazan a los primeros invitándoles a 1: ponerse el bañador o 2: recibir un par de tortas. Uno es libre de pensar que enseñar el cuerpo ante los demás es una guarrada, una indencia, una inmoralidad, etc, pero el que así opina no tiene más derecho que el otro a ir a la playa como le apetezca, porque no existe ley que se lo prohiba más que la del sentido común. Y sería de sentido común un reparto algo más justo entre las playas de los textiles y las de los no textiles. Si Vigo tiene centenares de playas, el ciudadano que le apetezca hacer nudismo debería poder hacerlo sin tener que emigrar a Cangas, a Ibiza o a la Costa del Sol. Como en este país lo que no da beneficios no interesa, habría que recordar a la Concejalía de Turismo que también hay turistas que valoran esa clase de oferta, nula en Vigo, ya que una mini playa escondida de Saiáns, donde hasta hace un par de años hubo enfrentamientos entre nudistas y vecinos, como en el siglo pasado, es la única aceptada como tal. Una de las grandes y nunca bien ponderadas ventajas de practicar el nudismo en la playa es lo poco que se gasta en bañadores, con lo caros que están esos trozos de tela habitualmente llenos de palmeritas y flores fosforito. A el que prefiere desnudarse en la playa, la moda-baño, le resbala por todo el cuerpo abajo. A veces, el nudismo es una cosa triste y otras, peligrosa. Pero más triste es ver cómo quedan las playas llenas de basura cuando las hordas vuelven a casa olvidándose de que la playa es suya y de todos.