CUARTO OSCURO | O |
02 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.MI AMIGO habitaba la nada. Pero era una nada hija puta, densa como el acero depositado en el estómago y, cuando ingería, su cuerpo se volvía rígido y pesado al extremo que una viga del rail del ferrocarril parecía mantequilla. Era una nada tan corpórea que mi amigo, cuando chocaba contra ella, se fracturaba algún hueso. Era una nada que, con el tiempo, se había vuelto algo y perseguía, perseverante, a mi amigo por los rincones del desánimo y la apatía. Una infinita tristeza asustada de habitar un cuerpo vacío. Nada dentro de la nada. Ciertamente, nunca había sido un hombre especialmente optimista y vital. Todo devenía de su infancia cuando, la primera vez que decidió usar el paraguas y se echó atrevido a la calle, el agua llovía hacia arriba. Supo que estaba condenado. Que una maldición hambrienta había decidido saciarse con él. ¡Perra suerte!. Con la cantidad de gente que hay en el mundo. A partir de ese instante, mi amigo contaba su vida por las derrotas. Decía que su cielo estaba varios kilómetros bajo tierra, que el viento le robaba los sueños, que el mejor trago era una botella de lejía en ayunas y, la mejor compañía, su asesino con la condición de que fuese eficiente y rápido. Quiso normalizarse y encontró, en la misma medida, empleos y despidos. Se casó y separó de una mujer que, lo más cerca que estuvo de él, fue durante las vacaciones del 92; mi amigo en Vigo y ella en Alicante. Por último, aseguraba que los libros más divertidos que había leído eran «Los muertos también hablan» de Willian Maples y «El suicidio» de Durkheim. ¡Optimista que era! Hace unos días, mi amigo emprendió un viaje largamente aplazado. Un viaje corto, inmediato, de la nada a la nada. Dejó un escueto escrito: lo más positivo de mi vida es dejar una viuda con pensión.