«Si no compras bien acabas comiendo ladrillo picado»

La Voz

VIGO

ALBERTO MAGRO TESTIGO DIRECTO Dos vendedores de éxtasis que trabajan en las discotecas de la ciudad relatan su experiencia

20 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

En todos los bares de moda hay uno. Disfrazados de amantes del techno, con ropa ceñida, pelo casi rapado y gesto chulesco, vagabundean por las barras y los baños de las discotecas. Una mirada atenta, demasiado curiosa, les delata: buscan clientes, chavales capaces de gastar la paga semanal en un cóctel químico de ingredientes desconocidos. La Voz localizó a dos en Vigo. Fue tan sencillo como preocupante: dos llamadas telefónicas y un paseo por los bares fueron suficiente. «Quien quiere pillar, pilla. Es fácil; si no es a través de un amigo, es por alguien que conoce un colega», sentencia uno de ellos, que se hace llamar Andrés, después de que el periodista se identifique como tal. No le da miedo hablar, pero exige que no se revele su zona de operaciones. «Yo te cuento porque sólo le paso a gente conocida», explica con tranquilidad. Dice que «mueve» pocas pastillas: «Cincuenta, como mucho, en un fin de semana. Siempre a colegas, que saben que las pruebo y pueden fiarse». Andrés cuenta que empezó consumiéndolas, hace ya un lustro. «Ahora sólo pruebo cuando llegan nuevas, por si acaso -comenta sonriente-. Ha bajado mucho la calidad. Antes la sensación te duraba una noche entera. Ahora son dos horas, por eso la gente se traga tantas». Dice que la droga llega de Holanda, aunque reconoce que no hay que ir tan lejos: «En Madrid, e incluso más cerca [no quiere decir dónde] puedes conseguirlas. Yo alguna vez he hecho un viaje en coche a la capital y me he vuelto con 500», sentencia, atrevido e inconsciente. Roberto, así se hace llamar el segundo camello, ratifica punto por punto las afirmaciones de su compañero de oficio. «Las pastillas cada vez son peores, menos efecto. Hay más y más baratas, pero de baja calidad», comenta. Por calidad, Roberto entiende «la duración del subidón y que no te den chungos». No conoce los ingredientes, pero admite que la procedencia de algunas pastillas es más que dudosa: «No sé exactamente lo que lleva cada una, pero si no compras bien puedes acabar comiendo heroína, talco o ladrillo picado». Vestido con ropa que tiene pinta de ser muy cara, Roberto asegura que no piensa dejar de vender. Tampoco tiene miedo de que le cojan. «Antes tendrían que pillar a otros. Nunca tuve problemas», añade con orgullo. Ninguno de los dos siente remordimientos. «Cada uno consume lo que quiere. Ya son mayorcitos. Nunca le di nada a un malote [en referencia a adolescentes con las hormonas a flor de piel]», se justifica Andrés, visiblemente enfadado. El diálogo se agota. Ni Roberto ni Andrés quieren decir cuánto pagan por la droga, ni dónde la compran. Se despiden con advertencias e insisten en que se respete su anonimato. Vuelven a la barra. Se mezclan con sus conocidos mientras se mantienen alerta, a la caza de compradores de subidones químicos.