TITO DEAN CRÍTICA MUSICAL
04 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El Festival Are More regaló el pasado sábado una de las actuaciones más esperadas: el Orfeo de Monteverdi, de la mano de sus mejores embajadores actuales. Gracias al Ensemble Elyma dirigido por Gabriel Garrido pudimos presenciar con todo el esplendor, su personal versión (la grabación de 1996 causó sensación mundial y lluvia de premios) llena de pasión, luz y colores, muy mediterránea con respecto a otras versiones que palidecen ante ésta, por la enérgica prestación del famoso ensemble, que desde hace dos décadas pasean por los grandes teatros del mundo el mejor Monteverdi posible. Una versión en concierto, sí, pero en la que no escatimaron detalles para semi-escenificar el drama de Orfeo, el drama del hombre moderno ante un destino adverso contra el que lucha hasta conseguir el triunfo. La distribución instrumental, vocal y coral proporcionó todo el calor y pasión a unos pentagramas, que desde las mínimas indicaciones del bajo contínuo son enriquecidos y coloreados hasta lo indecible: acordes, notas de paso, trinos, ornamentos, etc. Del conjunto orquestal sólo cabe alabanzas: ¡qué guitarrones! ¡qué sección de viento! ¡Qué sección de cuerda, tanto aguda como las violas de gamba y el arpa barroca! Del extenso reparto vocal, estilísticamente equilibrado, sobresalen con poder el Orfeo de Zanasí, la mensajera de Banditelli, la Speranza de A. Fernández, Proserpina de Borges y el Caronte de Carnovich. Excepcional el coro, ensamblado y flexible, así como los roles menores. Gabriel Garrido es hoy en día el máximo experto de este repertorio, justamente premiado con innumerables galardones por su personal visión de la trilogía monteverdiana, así como de la gran aportación al Barroco Hispanoamericano. Recientemente ha sido premiado con otro prestigioso premio, el Charles Cross. Garrido, que siempre ha manifestado que su enfoque se beneficia de su experiencia renacentista, ofrece lo que sólo él y su grupo son capaces hoy: una concepción depurada, llena de vida, a partir de un sonido bellísimo, un cuidado tímbrico y especial y una emoción siempre a flor de piel. Ante semejantes artistas se produce el milagro de que la ópera más antigua resulte la más moderna. El público que abarrotó el Fraga, entregado desde el principio, se volcó al final con una interminable salva de bravos. Lo nunca visto: un bis tras la ópera. Más bravos y unas conmovedoras palabras de Garrido recordando la conexión entre Buenos Aires y Vigo. ¡Una velada histórica!