«Volveremos antes del 15 de noviembre»

L.C. SAAVEDRA VIGO

VIGO

ÓSCAR VÁZQUEZ

Serguei, primer oficial del «Novocherkassk», dice que recuperan el ánimo porque ven el final de su odisea en Vigo Los nueve marinos ucranianos que aún permanecen a bordo del mercante «Novocherkassk» creen que estarán en casa antes del 15 de noviembre. Tras partir, anteayer, once de los 19 marinos, la próxima semana partirán dos más hacia Kiev y luego a su ciudad de origen, Mariopul. El resto se quedará, junto con el capitán de la nave, hasta que se terminen los trámites de repatriación y se resuelva la situación del buque. El «Novocherkassk», con 27 años de antigüedad, sobre el que pesan varios embargos por deudas contraídas por la estancia en el puerto y por ser auxiliado en alta mar, será convertido en chatarra.

17 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

«¿No tendrás un cigarrillo?» En realidad es una pregunta como cualquier otra, pero que en boca de Serguei -el primer oficial del Novocherkassk, un buque fantasma sin electricidad ni agua- te traspasa. Tras permanecer 279 días con sus correspondientes noches abandonados por su armador en Vigo (el 9 de enero de 2001), posiblemente puede que para los 19 tripulantes de este mercante ya nunca sus vidas vuelvan a ser lo mismo. Es probable que tampoco nunca hubiesen elegido ser tristemente ilustres en Galicia mediante una odisea de estas características. Para empezar, fue en Vigo y no en su casa o en alta mar, donde han vivido dos de los acontecimientos más importantes de la historia contemporánea: los atentados terroristas contra EE UU y la guerra de Afganistán. «Ahora estamos más contentos porque tenemos una fecha más concreta para volver a casa». Esta es la primera sensación de Serguei 24 horas después de que un primer grupo de once de sus 19 compañeros tomase el vuelo hacia Kiev. Habla cortesmente sobre una cubierta herrumbrosa, vestido con ropa de lana gruesa. Culmina su presencia con una mueca con cierto aire de satisfacción por los recientes acontecimientos, pero que no deja traslucir un insomnio gravemente perjudicado por las numerosas preguntas que han colgado de sus pensamientos durante todos estos meses. Compartir es vivir, dice el refrán, y las penas se van llevando. El Novocherkassk, el hogar de estos marinos, es un barco de cuyo casco cuelgan racimos de mejillones; las maromas que lo amarran al muelle huelen al musgo que están criando. Es sorprendente el silencio que lo envuelve. Mide más de 60 metros de eslora y ni un solo ruido. Cuando arribó a Vigo, la cubierta era blanca y el casco negro. Vayan a verlo ahora. En su amplio interior las estancias son frías, inhóspitas. Pero los juego de salón aún resisten y templan los ánimos, además de matar el hastío. Sobre una mesa reposa un tablero de backgamon. En la pared destaca una gran fotografía en color de la catedral de Kiev, uno de los iconos eclesiásticos y culturales más conocidos de Ucrania. Al lado, hay un teléfono de comunicación interna, un aparato a los que España dijo adiós en los 70 y que ahora se paga como una antigüedad. El caso de los cubanos Mientras hablan, explican que minutos antes estaban comiendo en una mesa improvisada emplazada en la popa del buque. Allí cenan también. No disponen de corriente eléctrica, porque los tanques del combustible que la genera están vacíos. «La gente de Vigo nos ha ayudado mucho durante este tiempo», comenta el primer oficial; sobre todo, alguna comunidad religiosa y ciudadanos a título particular». Paradójicamente saben que hace casi un par de años una tripulación cubana pasó por el mismo trance. «Estaban ahí», señala Serguei. Era el Blue Reefer. Volvieron a casa once meses después.