BEGOÑA R. SOTELINO CRÍTICA
22 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.No se puede decir que Alejandro Sanz sea un genio de la música, pero algunos de sus temas saben tocar las fibras sensibles. El ídolo, que no es ni un gran compositor, ni posee una voz excepcional, ni una belleza espectacular, las mata cantando. Suavemente las mata con sus canciones, a lo Roberta Flack. A pesar de que en el concierto que ofreció la noche del sábado en el Estadio de Balaídos aseguró que nunca sabía qué decir al público desde el escenario «porque en un mundo en el que todos dicen lo mismo es mejor no repetirse y no decir nada más que gracias», el artista sí sabe ganarse a la audiencia no sólo con melodías encadenadas, sino salpicando sus románticas baladas con intervenciones que provocan el delirio. El madrileño, con su acento andaluz emparentado con el deje de Antonio Banderas, contó a su público (un noventa por ciento de mujeres), que había llegado a Vigo en coche con su padre, y aprovechó la anécdota para hacer un alegato en favor de las carreteras contra los aviones, desde donde es más dificil apreciar los detalles del paisaje gallego, donde es imposible poner los pies en el suelo. El espectáculo de la gira El alma al aire está medido al milímetro, hasta la «faena» de dejar el Corazón partío que todas esperan para el ultimísimo bis y provocar la apoteosis final. Pero más allá de los alardes técnicos, la superpantalla de vídeo de excelente definición o los juegos de luces (es la producción más cara de la historia de los montajes de conciertos en España), funciona porque sus canciones «tocan» a su audiencia. Con las antiguas Si tú me miras, Cuando nadie me ve, La fuerza del corazón, Y si fuera ella (con la que las invitó a ellas a poner la voz) o Lo ves; con las nuevas de su Alma al aire; o con la inédita composición por bulerías que interpreta él solo a la guitarra para su hija Manuela, que presentó haciendo gala de nombre tan flamenco de una forma poco elegante, haciendo abochornarse a las Jennifers que no tienen la culpa de llamarse así. Hubo algún desmayo, pero pocos comparados con los que provocaba en pleno boom, antes de huir a Miami agobiado por el peso de la popularidad, cuando caían como moscas en su presencia. Ha crecido, como su público, y ha ganado peso (en kilos y en fama mundial). Y a pesar de su reconocida poca movilidad en escena, realizó un amago simpático de baile a lo Leroy Johnson. Él era el que le doblaba en las escenas difíciles, dijo bromeando y haciendo un guiño generacional a una generación que no es básicamente la que le escucha. Alejandro Sanz las hizo esperar (salió a las 22.45 horas), pero tardó en irse (después de dos horas y media de éxitos), y ellas, que no se querían ir de allí de ninguna manera, le despidieron como mandan los cánones del recinto en el que se celebraba el concierto, con la Rianxeira que tantas veces se corea para celebrar al Celta en el Estadio de Balaídos.