CÁRCEL

La Voz

VIGO

CRISTINA LOSADA CRONOPIA

02 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Primero de mayo se me asocia a cárcel. Será porque era un día en que unos tratábamos de manifestarnos y otros intentaban detenernos, rito anual del gato y el ratón -que sigue-, veo alucinada la actuación policial en Londres. A mí no me detuvieron nunca en un primero de mayo, pero una vez me caí y me pasó por encima una manifestación relámpago... quizá hayan quedado secuelas. Estoy hablando de aquellos tiempos, que hoy parecen irrealmente lejanos, de la dictadura, del franquismo, esa época de la que muchos no saben nada y otros prefieren olvidar lo que supieron. No ha pasado tanto tiempo, pero a veces personas y grupos olvidan masivamente, con fruición, empastando las turbulencias con la indiferencia de la amnesia. «El que revuelve en el pasado pierde un ojo», dice un proverbio ruso. La antigua cárcel de Vigo toma cuerpo, engorda, tras haberse quedado en los huesos, mejor dicho, en la piel. Y a medida que se rellena esa epidermis, que el caserón recupera entidad, y aun no adquiere otra identidad, más recuerdo que fue prisión y más lamento que de aquel pasado suyo no vaya a quedar otro testimonio que el que proporcionen, quizá, una placa o algún otro recordatorio decorativo. Por lo que sé, del viejo caldero sólo van a dejar los barrotes de las ventanas, y me hubiera gustado que se hubieran conservado un par de cosas más, que la conversión de la prisión en museo sirviera para hacer algo que en Vigo se hace poco: mantener la memoria histórica. En Robben Island Prison, dónde el señor Mandela pasó dieciocho de los veintisiete años que estuvo entre rejas, antiguos prisioneros y carceleros enseñan hoy el penal a los visitantes. Idea genial, demasiado, me temo, para lugares en los que la imaginación está más ausente que la ambición y se siguen caminos trillados, a ser posible sembrados de numerario. No se me ocurre, por ello, proponer que imitemos a los sudafricanos. Ni a los bálticos: en una de las repúblicas han abierto un parque temático sobre los campos de trabajos forzados de la época stalinista. Es un éxito, pero de nuevo, la idea nos sobrepasa. Me contentaría con que en la cárcel de Vigo se hubiera conservado una celda tal cual era. Quien las conociera -las visité de niña en los sesenta, mi padre estaba allí por tirar unas octavillas- certificaría, pienso, su interés cuasi arqueológico. O al menos, que hubiera una sala dedicada a la historia del lugar, y testimonios personales en vivo. Muchos vigueses pasaron por aquella cárcel en el 36 y en años posteriores. Sus nombres, su historia, deberían estar allí. Algunos aun pueden contarla personalmente. ¿Por qué dejar que esa memoria se pierda? No se trata de honrar ni de deshonrar, sino de saber. El proverbio ruso, que cita Solzhenitsin en su prólogo al Archipiélago Gulag, concluye: «El que olvida lo pasado, pierde los dos ojos».