En la praza da Constitución no cabía ni un francés más pasadas las doce del mediodía. Mientras en el resto de Vigo las calles semivacías evidenciaban el día de asueto, el Casco Vello era un hervidero de gente. Apretujados en la plaza, los vigueses no faltaron a su cita histórica para expulsar al invasor napoleónico. Armados con palos y azadas -alguien echó mano incluso de una sartén-, recibieron con fuertes silbidos a los galos, que aguantaron el tipo como pudieron y que, después de ocupar la ciudad, ni siquiera consiguieron entonar hasta el final La Marsellesa, que pronto se confundió con las estrofas del himno gallego. «Estes franceses non saben nin cantar», aseguraba uno. Subidos a los hombros de sus padres, los niños se integraron en la fiesta como el que más, contagiados del chovinismo de sus progenitores: «¡Veña a foder a eses franceses!», gritaba un infante. En los balcones de la plaza, algunos vecinos disfrutaban de una visión privilegiada del espectáculo. Desde uno de ellos, el héroe local Cachamuíña, capitán del ejército, se ocupó de encrespar los ánimos de la multitud: «¿Estades dispostos a loitar ata o final?. «¡Síiiiiiiiiiiiii!», corearon al unísono los vigueses. Desde otro balcón de la plaza, el comandante Almeida, con marcado acento portugués, comunicaba a los vigueses el apoyo de sus vecinos lusos. «¡Napoleón non pasará! -aseguró Almeida-. ¡Viva Portugal! ¡Viva Vigo!». Únicamente faltaba la bendición de la Iglesia, a cargo de fray Andrés -«por favor, ferir e non matar»-, para lanzarse contra los galos. El choque con el ejército El choque con el ejército, precedido por un fuerte retumbar de tambores y música de «gaiteiros», se produjo en la calle Gamboa, ante una de las puertas de la antigua muralla de la ciudad. Los aguerridos vigueses lucharon cuerpo a cuerpo contra las tropas napoléonicas pero, en el fragor de la batalla, resultó herido de muerte el héroe Cachamuíña, al que relevó Carolo. Así, el pueblo vigués consiguió, finalmente, su objetivo: abrir las puertas de la muralla para expulsar de sus dominiso al invasor. Las nubes que ayer amenazaban lluvia respetaron el espectáculo de la Reconquista hasta el final. Sin embargo, tras la rendición de las tropas napoleónicas, comenzó un aguacero que, sin duda, terminó de espantar a los soldados que huyeron por mar y también a la multitud que los acompañó hasta la Estación Marítima. Hasta la próxima, franceses.