PAULINO J. GARCÍA OPINIÓN
19 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Al cobijo de un clima templado y un paisaje plácido y ensoñador, en Nigrán encontraron asiento las tajeas por las que desembocan las purrielas políticas. La Perla del Atlántico se ha convertido en el feudo del cambalache partidista. Considerado como una de las villas turísticas que más ha crecido en los últimos años, en instalaciones públicas elementales parece hundida en las postrimerías del siglo XIX. El alcalde, José Rial, representa a una mínima parte de los vecinos -casi la mitad no votó en las elecciones-, es hijo de la impostura partidista y ante el pueblo su mandato no está legitimado. Sin restarle méritos a su afán dialogante, mantenerlo en la alcaldía es un despropósito político que ninguna persona cabal entiende. En grotesca representación de un esperpento partidista lo sostiene el PP, que si se uniera a los ex-populares del Partido Independiente de Nigrán (PINN), dispondría de mayoría absoluta holgada. Nigrán es el único ayuntamiento donde el PSOE gobierna sólo con sus tres concejales frente a catorce: siete del PP, cinco del PINN y dos del BNG. El espectáculo tribal de pugna de siglas presenta actuaciones diarias aberrantes. Concejales populares votan a un edil socialista en detrimento de uno de su propio partido y cinco de ellos están dispuestos a entrar en el gobierno con el alcalde socialista. Si al fin perpetran el pacto con el adversario tradicional, consumarán uno de los fraudes más repugnantes de la democracia local, que los electores castigarán en las urnas como se merece. Las causas actuales de tanto enredo y rencoroso encono tienen los nombres de las anteriores alcaldes: José Villar, primero independiente y después popular, y Avelino Fernández Alonso, animal político que recorrió el camino inverso. Fundó el PINN después de gobernar en dos legislaturas como caudillo vecinal del partido de Fraga. Ser de AP hace doce años era someterse a la vejación y al insulto permanentes, arrojados desde el PSOE. Con todos sus defectos, que son muchos, a Fernández Alonso le debe el PP en gran medida su implantación en Nigrán. No obstante, en las últimas municipales Fernández cometió dos errores que no le perdonan: se desgajó del PP formando un partido propio que se declaró enemigo del que le dió dinero y fama y, con su voto, entregó el gobierno a Rial y con él al PSOE. Ahora, tras reconciliarse con Villar, quiere volver a las filas populares. Pero a ambos la dirección del PP no quiere verlos ni en pintura. Entretanto, el alcalde Rial, adormecido por el rumor de las olas, le basta con moverse con la lentitud del lagarto porque ganó la batalla del reloj. No necesita sonreír ni justificar lo injustificable. Cuanto más tiempo pasa más se excitan las diferencias entre sus rivales. Puede vanagloriarse de ser el alcalde más seguro con menos votos.