La Voz

Es seis de marzo y esa fecha, lejos de pasar de largo en el calendario ya nunca será un día más para los deportivistas desde aquel año 2002. La afición del Deportivo resume con un cántico el sentir de aquel día, aquel histórico triunfo perpetrado en Chamartín: «Lloran los hinchas del Real Madrid por no ganar, aquella Copa que cien años durará, no volverá...».

Es el sentir de una afición llena de orgullo por una de las grandes gestas de la historia del club, porque no fue solo el de la consecución de un título; fue el cómo, el dónde, el cuándo y el contra quién.  Todo el contexto contribuyó y contribuye con el paso de los años a elevar la heroica realizada por los hombres de Javier Irureta. Hombres y nombres que ya son historia de oro del deportivismo; Molina; Scaloni, Naybet, César, Romero; Sergio, Mauro Silva; Víctor, Valerón, Fran y Diego Tristán, los que integraron aquel once de leyenda. Pero también los que se quedaron en el banquillo de suplentes o fuera de la convocatoria: Makaay, Djalminha, Capdevila, Duscher, Manuel Pablo, Donato, Amavisca, Emerson, Pandiani, Helder, Djorovic. Todos contribuyeron y todos aportaron para que aquella Copa acabase en las vitrinas del club ante un Real Madrid que se disponía desde días antes a celebrar con fuegos de artificio, un triunfo fácil y la consecución de un título para conmemorar sus cien años de existencia con la mejor de las fiestas.

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Pero para esa fiesta nunca contaron con el empaque y la sobriedad de Molina, con la solidez de Naybet y César en el centro de la defensa, la brega y proyección ofensiva de Scaloni y Romero. Tampoco contaban con la galopada eterna de un Sergio González que abrió el camino de la heroica a los pocos minutos con un sutil toque de puntera ante César. Y nunca cayeron los madridistas en que enfrente tenían a una leyenda, un muro, un señor del fútbol que dominaba la posición de mediocentro como muy pocos han sabido interpretar en la historia; no contaban con Mauro Silva. El brasileño ofreció una clase magistral aquella noche en el Santiago Bernabéu siendo capaz de empequeñecer a los Zidane, Figo o Makelele.

Y si en Madrid no contaban con Mauro Silva, no se podía esperar que contasen con la zurda de seda de Fran, la pegada de Víctor Sánchez por la derecha, uno de los suyos entregado a la causa del mejor Deportivo de la historia. Claro que todo este logro tampoco se podría entender sin la gran pareja de la noche, la que formaron entonces un pletórico Juan Carlos Valerón y un Diego Tristán que atravesaba el mejor momento de su carrera. Ellos fabricaron el segundo gol, con el estallido ensordecedor de ese fondo sur del Bernabéu, convertido en un pequeño Riazor que se vino abajo cuando la diestra de Tristán hizo al balón tocar la red.

El gol de Raúl en la segunda parte poco importó. Aumentó la incertidumbre, los miedos y se elevó la tensión por el temor a un empate final. Sensaciones y vivencias que no hicieron más que engrandecer el estallido final de júbilo, extrema felicidad y alegría convertida en llanto, unos llantos que brotaron después de que César despejase de cabeza el enésimo balón colgado de los blancos y después de que Sergio, tras una pequeña carrera bajo la presión de Mcmanaman, escuchase el pitido final y alzase al cielo de Madrid el balón en señal de éxtasis.

Todo lo demás forma parte ya de la locura de la celebración, la de un triunfo legendario que perdurará en el tiempo. Y así es como los millones de aficionados del Real Madrid recuerdan cada seis de marzo su aniversario. En A Coruña también se recuerda desde entonces cada seis de marzo, porque toca festejar, recordar y vanagloriarse de que en el fútbol y en la vida no siempre ganan los poderosos y que a veces los grandes sueños y las grandes historias pueden convertirse en realidad.

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¡Feliz Centenariazo!