Un servidor, ya entrado en años, disfrutó durante casi veinte de cómo el Dépor no sólo competía, sino que solía superar futbolísticamente al tercer grande de España, un Atlético de Madrid que visitaba Riazor. Una mezcla de suplentes y titulares era lo que me esperaba de Antonio Hidalgo. 1-4-3-3 asimétrico, defendiendo en bloque medio y presión alta en los reinicios, demostrando ser un equipo con poco que perder y mucho por ganar. Me sorprendió de manera negativa la presencia de Mella en la izquierda sin Yeremay sobre el verde, mientras que he de agradecer la continua apuesta por un Soriano más presente en zona de inicio, limpiando las jugadas.
El que no sorprendió fue el Atlético, quien contó con las ocasiones más claras y contra quien dominar la posesión suele ser indicativo de que el partido está bajo su control: muy cómodo sin balón y transitando a la par que más timorato en juego posicional.
Con el paso de los minutos, la exigencia del partido evidenciaba la diferencia de categoría, con errores técnicos impropios de los deportivistas, acostumbrados a una competición doméstica de menor velocidad. Para más inri, el jugador blanquiazul cuya capacidad podría llegar a igualar la del rival entró faltando 25 minutos. En estos partidos los mejores han de salir a la palestra. Más aún cuando se entiende que, reconocido como uno de los jugadores con mayor proyección del fútbol español, tendría ganas de demostrar delante de un cuadro nivel Champions.
Y así se decidió el partido, tras una ejecución propia de un jugador top mundial y un Deportivo que empujó hasta el último momento, aupado por la sempiterna afición, rememorando una de aquellas noches de sábado en Primera, con televisión en abierto y posterior tercer tiempo con trasnocho incluido. Ojalá todo vuelva a suceder en unos meses; en abierto no contemos.