Se acostumbra a destacar en el mundo del deporte que uno vale tanto como su último resultado. Una realidad que genera tanta injusticia como generosa o nefasta haya resultado la jornada finalizada. Y de esta manera abandonaron Riazor los miles de espectadores que presenciaron en directo el encuentro. Lo hicieron pensando que aquel pobre equipo que la temporada pasada no intimidaba a nadie y solo consiguió empaque en las últimas jornadas es hoy un serio candidato al ascenso.
Probablemente no tenga mejores futbolistas (al menos de nombre) que hace unos meses, pero la manito al filial del eterno rival hizo sonreír a los más incrédulos y testarudos.
Al otro lado de la AP-9 ya no se acuerdan de que una de las grandes revelaciones del grupo 1A en Segunda B vestía camiseta celeste hace apenas medio año. La paupérrima imagen exhibida por los de Onésimo es lo que queda ahora en la retina de unos hinchas olívicos que ni rastro vieron de afouteza y corazón en sus jóvenes canteranos.
Si nos ceñimos al último resultado, parece que un año después la lógica se impone: el Dépor exhibe su candidatura al ascenso y el Celta B anuncia que el objetivo no puede ser otro que la permanencia.
Sin embargo, la temporada acaba de comenzar. Solo 90 minutos de juego no pueden servir ni para hinchar lo suficiente el pecho ni para hundirse como si no hubiera remedio.
Sobre todo, en el caso del Deportivo. Los coruñeses deben celebrar lo vivido ayer. Hacía tiempo que no se veía en Riazor un partido con tanta superioridad futbolística y de resultado. El último en el que los blanquiazules se exhibieron a ese nivel fue precisamente en el campo de los jóvenes celestes. Pero una cosa es celebrar el pequeño éxito (una victoria ante el Celta B no puede pasar de eso, ya que es una obligación) y otra pensar que la temporada será un camino de pétalos de rosa. Quizá lo sea de rosas, pero con sus correspondientes tallos y, por supuesto, espinas. Lo importante es llegar al final del mismo intacto y con un billete al fútbol profesional en la mano.