Hay un hombre en Riazor: Arsenio Iglesias

TORRE DE MARATHÓN

CÉSAR QUIAN

Leyenda tras pilotar el primer título de la historia del Deportivo, la presión casi le hace dimitir durante la liga de 1991

06 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El mito al hecho hay un trecho. Arsenio Iglesias Pardo figura hoy, con letras de oro, en la historia del Deportivo. El Zorro de Arteixo es en el 2021, treinta años después de que aquella grada echase a arder, una figura de consenso. Un indiscutible. Quizás sea, por todo lo acumulado como jugador y, más tarde, como entrenador, la mayor leyenda que tiene el club en su patrimonio. Las andanzas por Europa, el subcampeonato del 94 y el primer título oficial. Todo eso parece haber enterrado en el cajón de los malos recuerdos que Arsenio dijo, agotado, «basta» tras lograr el ascenso ante el Murcia y abandonó el banquillo. La aventura del regreso a Primera se la dejó a Boronat.

El pasado como lastre

La temporada 1990-1991 era la décima consecutiva en Segunda División. Lo del equipo ascensor quedaba ya muy atrás. El pulsador se estropeó en el año 1973, tras un último descenso, ya con Arsenio como entrenador —fue su primera etapa como responsable de la parcela técnica—. En el comienzo de la década de los noventa, el conjunto coruñés llevaba casi dos décadas sin pisar la élite.

Tras el descenso del 73, Arsenio se fue. Alicante, Zaragoza, Burgos, Elche y Almería fueron sus paradas antes de regresar a la banda de Riazor en 1983. Ahí comenzó una historia en dos actos —de 1982 a 1985 y de 1987 a 1991— repleta de decepciones. La primera, aquel mismo año, tras el Mundial de España, cuando el Dépor perdió el ascenso en la última jornada del campeonato tras caer contra el Rayo Vallecano en casa (1-2). Un gol de Carlos Ballesta en los últimos diez minutos que no bastó.

«Fue muy especial porque veníamos de una etapa negra. Para ascender, siempre perdías el último día o pasaba algo y se te venían todas esas sensaciones al cuerpo», recuerda el propio Ballesta, segundo entrenador de Arsenio en el curso 1990-1991, sobre aquel partido ante el Murcia. «Veníamos pasándolo mal. Me acuerdo de llegar de Jerez unas semanas antes. Perdimos 3-0 contra el colista y las cosas pintaban mal», comenta.

Aquel cuerpo técnico, con Iglesias a la cabeza, sufrió una presión insoportable durante toda la temporada. En el curso precedente, el ascenso también se había esfumado en los últimos noventa minutos. Esta vez ante el Tenerife en la promoción. Otra vez en casa. Otra vez con Arsenio como señalado.

Se acabaría ganando al Murcia. Se quemaría el meigallo. Pero aquella derrota ante el Xerez y la que vino después contra el Eibar dejaron a la parroquia deportivista en punto de ebullición a falta de seis jornadas por jugarse. «A Arsenio llegó a pasársele por la cabeza la dimisión. Pero el equipo se rehízo rápidamente, se fue ganando y puntuando y llegamos a la última jornada muy vivos», recuerda Ballesta.

«Ese año fue tremendo en el aspecto de presión. Arsenio no quiso continuar de entrenador porque era terrible. La gente llamaba a las tres de la mañana a los teléfonos que por aquel entonces eran fijos y nos ponían a parir. Hubo que cambiar las líneas. Fue de los años en los que Arsenio peor lo pasó», comenta el entonces segundo entrenador, que continúa: «La historia no se puede cambiar. En aquel momento, los antiarsenistas se contaban por miles. No era hombre de devoción en A Coruña. Me sonaba el teléfono de madrugada y a Arsenio también. No salía a la calle tranquilo».

El día de autos

El cóctel ya estaba lo suficientemente agitado, pero el Deportivo no comenzó a tender al drama en el 2021. Cuando el balón ya rodaba, comenzó el fuego en Preferencia. «Saltamos al campo y viene el incendio. Y otra vez para dentro. Volver otra vez a empezar de cero. Arsenio nos decía que estuviésemos tranquilos, pero, ¿quién podía estar tranquilo?», dice un Ballesta que recuerda de forma nítida lo que Arsenio comentó en aquel vestuario antes de saltar al césped. «Era un gran motivador. Él habló de los muchos años que un club con una historia tan grande había pasado en Segunda. Cómo, tanto a la familia como a la afición y a la ciudad, le debíamos algo», rememora.