Raí: «El 98% de los futbolistas fracasan, haber llegado es un éxito»

El brasileño, que reivindica sus raíces callejeras, no se obsesiona con la élite


Raí Nascimento (Río de Janeiro, 1998) es el cliché por antonomasia del carioca. Es febrero, el frío viento de Abegondo cala hasta los huesos y él hace la entrevista en chanclas. Originario de una barriada de Río, dice que es con el calzado que se encuentra cómodo. «Uso calcetines solo para entrenar», dice. El cliché lo completa con su pasión por el balón. Su hogar es una alineación histórica de la canarinha. Él es Raí y su padre se llama Rivelino. Y, por supuesto, surge Dios. Aunque en su carrera la religión convive con el método.

—Ha sido protagonista como titular desde el principio.

—Sí, demuestra la confianza que el míster tiene en mí. Apuesta por mí y doy lo mejor que tengo.

—¿Le dio muchas vueltas a la ocasión que falló contra Guijuelo?

—No te voy a mentir. Cuando llegué a casa, lo primero que tenía eran mensajes de mi familia comentándolo. Al terminar el partido, en el estadio, me quedé dándole vueltas pensando en que tenía que verlo otra vez. Cuando juegas, no es tan fácil como cuando estás sentado viendo el partido en casa. Ayer me vi el partido y hay ocasiones, pases y finalizaciones que cuando estás dentro parecen mucho más difíciles. Un pase cruzado en diagonal que deberías haber dado a un compañero a dos metros. Son situaciones que, al llevar tiempo sin jugar, poco a poco voy cogiendo. Esa en concreto la he visto ¿tres veces?, ¿cuatro veces? Y digo, me cago en la mar. Pero bueno, ya entrará. No tengo prisa. Me siento afortunado por haber participado en el gol.

—¿Por qué decide firmar por el Deportivo?

—La grandeza del club me llamó la atención. Hablé con el club, con el míster, con el director deportivo y me convencieron. Me pareció un proyecto ilusionante y un gran reto para mí.

—¿Sintió nerviosismo al ver que los que le ficharon fueron invitados a marcharse casi de manera inmediata?

—Para mí eso no ha sido nada nuevo. Es un tema del club que a un jugador no le tiene que influir. El jugar depende del jugador y del entrenador. Tú juegas, haces el partido de tu vida y te ganas el puesto. Trabajas y los compañeros ven que haces las cosas bien. La verdad que no me ha influido en nada. Vengo de un club en el que si algo ha pasado han sido cambios de todo tipo Ellos han decidido así y ahí no entro.

—¿De verdad ni siquiera lo comentó con su entorno?

—La verdad que no. El fin de semana teníamos un partido importante y si algo tenía claro era que había que dar la vuelta a todo. Decidí enfocarme en el Coruxo, verme el partido otra vez. Al día siguiente, jugaba el Guijuelo y quise, desde ese partido, analizar y ver los fallos para sacar los tres puntos. Eso fue lo importante, en lo que me centré.

—Habla de la grandeza del club, en la que participaron muchos brasileños, pero usted no los ha visto jugar.

—La verdad es que no, pero en mi entorno familiar sí. En Brasil y aquí en España me han hablado muy bien de los brasileños que han pasado por aquí y la historia que hicieron. Mi representante, que es como mi padre de aquí y que es del fútbol de toda la vida, sabe de la historia. Y mi padre, que también es futbolero. Solo por su nombre, que es Rivelino, ya se ve que tiene el fútbol en la mente.

—Un momento, ¿su padre se llama Rivelino y usted Raí?

—Sí (se ríe). El mundo del fútbol, claro. Mi padre se enamora del fútbol en un partido que él vio de Raí y supo que quería poner su nombre a uno de sus hijos. Se supone que debería haber sido para el primero, mi hermano, que se llama Leandro, pero mi madre no quiso. Sobró y me tocó a mí. Y mira, ahora estoy en el fútbol, he tocado Segunda A como profesional y ahora es un honor estar en el Dépor.

—¿Por qué las cosas no acabaron de salirle en el Zaragoza?

— Primero pasé por el Cornellá, luego al Stadium Casablanca [club de la ciudad] donde jugué tres meses. De allí me fichan, pero por temas de papeles yo no pude jugar hasta los 18. Desde ahí me van subiendo al primer equipo en el Zaragoza y ya me van conociendo. Luis Milla fue el primero que me subió al primer equipo y desde ahí ya no bajo. Cuando cumplo 18 me hacen el contrato y tardo un poco en llegar, se enquista la cosa y parece que no arranca. Pero el fútbol te da oportunidades y yo no sé si la mía todavía ha llegado del todo. Día a día trabajas para tener el máximo de oportunidades posibles. Del 100 % de carreras de los futbolistas, un 98 % son fracasos. Haber llegado a Segunda A es un éxito y tiene mucho mérito por mi parte y de todos los que me acompañan. De mi familia y de Brasil. También de España. Desde ahí, progreso. No es que no me hayan salido las cosas, es un proceso que todos los futbolistas pasan y yo estoy a gusto pasándolo. He tenido muchos momentos difíciles de no jugar, pero hay que segur.

—Está claro que es un proceso, pero frustrarse sería entendible.

—El Zaragoza, siempre que he estado, ha tenido futbolistas espectaculares, de grandísimo nivel. Si no me han puesto, si no llegó mi momento allí es porque Dios está preparando algo mejor para mí. Yo lo veo así. No lo enfoco diciendo: “Yo no merecía eso, no me merecía que no me pusiesen”. Creo que Dios tiene algo mejor para mí, no digo que lo que he pasado haya sido malo, sino que en el proceso pasan esas cosas, que llega el momento en el que pasas a ser importante. Cuando estás en la base del club y llegas al primer nivel te encuentras a gente con más experiencia y te tienes que aguantar y trabajar. Esperar tu oportunidad.

—¿Qué le parece Rubén de la Barrera?

—Me parece muy buen entrenador y muy buena persona. Estoy aprendiendo mucho desde que he llegado, aunque lleve pocas semanas. Voy a aprender bastante.

—Claro, ¿qué me va a decir?

—No, no. No es cuestión de eso. Cada entrenador tiene su plan de juego, sus ideas y el jugador tiene que adaptarse a la situación, al plan y a la idea de fútbol. Si un equipo no gana o no le salen las cosas, no creo que sea porque sean malos los jugadores o los entrenadores. A lo mejor las cosas no se están saliendo porque la pelota no entra, como el día de Coruxo. Llegas dos veces y las dos veces al palo y ellos llegan una y te meten gol. Cada entrenador tiene su plan y el jugador tiene que aprender. Tú estás en el fútbol para aprender y para crecer. Un entrenador puede jugar 4-4-2 y a ti te gusta jugar un 4-3-3, pero el jugador tiene que adaptarse al plan y al equipo y hacer crecer al club y al entrenador. Y el entrenador, a su vez, hacer crecer al futbolista.

—¿Eso es que le gusta el 4-3-3?

—No lo digo por mí, a mí me gusta jugar donde me pongan.

—Hace frío en Abegondo y usted sale a hablar en chanclas, ¿se acostumbra a esto?

—Yo uso calcetines solo para entrenar. En chanclas me encuentro a gusto. En Brasil voy siempre en chanclas. Estas me las regalaron, normalmente usamos havaianas que son las típicas allí y me encuentro muy a gusto. Cuando estoy en Río con mis amigos, con mi sobrino, con mi hermano o con mi padre juego al fútbol siempre descalzo en el barro o en la calle.

—¿Incluso siendo futbolista profesional?

—Es que cuando voy allí no pierdo la esencia de juntarme con los míos. Amistades que me han llevado y me han dado la esencia del fútbol que tengo hoy en día. De calle, de travesura, de jugón. Eso lo he ganado con ellos, sin ellos a lo mejor no hubiese sido el futbolista que soy hoy en día. Yo llegó allí, me saco las chanclas y juego.

—¿Cómo es su entorno en Brasil?

—Yo soy de Río, de un barrio que es bastante humilde. De gente sana, porque hay de todo, pero mi entorno es sano gracias a dios. Un barrio que puede ser... lo que aquí llaman comuna: humilde, de casas humildes, de tejados, de gente obrera que intenta trabajar lo máximo posible para sacar a la familia adelante. Mi familia era una más entre ellas y tengo amigos que siguen siendo así. No hay nada diferente más allá del lujo que tú te puedes encontrar en otros lugares de Río. Otros sitios de allí, de gente con dinero, la diferencia se nota solo con ver las casas. Pero empiezas a hablar, a relacionarte y ves que son gente normal. Humilde, trabajadora, alegre y muy futbolera.

—¿Cómo le descubren?

—La primera vez que vine a España fue con doce años. Me vino a buscar mi representante, que es como mi padre. Toda su familia me ha ayudado desde que llegué. Da la casualidad que, el mismo día que él va a ver un partido de la copa Sao Paulo, ese partido no se juega. Lo típico que pasa aquí, inundaciones o no sé. Él tenía el viaje a Río el día siguiente e inmediatamente después volvía a España. Entonces se relaciona con un representante de allí que le habla de mí, de un equipo en el que yo salía a entrenar como a las 4 o 5 de la mañana porque estaba lejos de mi casa, para saltar al campo a las 10 y media u once. Un equipo en el que entrenaba mi hermano. Me sacaban todos como cuatro o cinco años. Ese día fue a verme. Le llamó la atención la cicatriz que tengo aquí en la cara por un accidente en casa mientras mi madre lavaba los platos. Los ponía encima de la mesa y, haciendo travesuras, un día me puse a escalarla. Se volcó y yo me caí encima de un vaso roto. Por un punto o dos no me quedo ciego. Por esa cicatriz que le llamó la atención me vino la oportunidad de venir a España. Para jugar al fútbol y también para estudiar. Y desde entonces voy de su mano y de la su familia. Hasta hoy.

—Dice usted que le gusta el fútbol travieso, de fantasía, sin embargo el regate importa cada vez menos en el fútbol actual.

—Mira, yo veo que sí que hay regates, lo que pasa que cada día se nota menos porque el fútbol ha pasado de los maradonas, de los pelés, a todo físico. Por ejemplo, Parra, el lateral derecho que me marcaba del Guijuelo. Tú sales del regate y otra vez está Parra. O si no está él, estaba Lucas, el número 4. Y dices, pero vamos a ver, si yo salgo de un regate, y viene otro, y otro... Al final está muy bien hacerlos, pero una vez que tiras dos tienes que tener en cuenta que hay un plan de juego y que tienes a otros compañeros que están desmarcados. Si tienes el balón y a tres jugadores contrarios contigo, hay espacios. Hoy en día, se vuelca mucho más el fútbol en el físico y va tapando la calidad del jugador que destaca por su regate.

—Pensando en regateadores actuales, Mbappé alguno hizo contra el Barcelona.

—Hizo, hizo. A lo mejor porque es bastante bueno (ríe). Está claro lo que él tiene. El físico y también el regate. Y no es tan fácil. En el primer gol aprovecha una pelota que sale rebotada, una situación en la que están todos muy juntos. Y es ese físico que tiene tan bestial, saca un latigazo con la izquierda que cuando Ter Stegen mira ya está dentro.

—Usted parece de esos futbolistas a los que, además de vivir del fútbol, les gusta el fútbol.

—A mí me encanta. No es que lo haya vivido en serio desde que llegué a España. Es que desde Brasil, cuando era muy pequeño, mi familia me inculcó el fútbol. Y también el estudio. Siempre me han dicho que jugar al fútbol está muy bien pero que no se sabe qué pasará el día de mañana. Puedes lesionarte o puede pasarte algo. Si no estudias, no tienes futuro. Tuve una temporada medio rebelde en Brasil. Hay veces que allí uno se pasa una semana sin ir al colegio porque estás jugando al fútbol sala con tus compañeros. Hasta que llama la directora del colegio llamó. «Oiga, que su hijo no ha venido a clase». Cogió mi padre, me dijo: «Ven aquí, a partir de ahora no sales de casa para jugar ni para entrenar». De casa al colegio y del colegio a casa. Me pegué la mitad de año todo con sobresalientes. Y desde entonces he cogido la pasión y he añadido entender la importancia de estudiar y es algo que le agradezco mucho a mi padre y que también me han inculcado en España.

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