Cuatro meses después, el Deportivo de Vázquez hace el ridículo


Pronto hará cuatro meses desde que Fernando Vázquez abrió la pretemporada con el Deportivo. El rodaje del verano lo saldó con una alarmante indigencia futbolística cuando se esperaba una demostración de autoridad en el pozo de Segunda B. Pero era temprano para sacar conclusiones porque los bolos de preparación implican eso, un aprendizaje basado en el proceso de prueba-error. Luego empezó la liga y el fútbol seguía sin aparecer por ningún sitio. Aunque desde el vestuario, del entrenador al último canterano, pidieron tiempo porque lo importante era -decían- fijar las bases para ascender en las eliminatorias. Lo malo era que al Dépor solo lo sostenía la superioridad física de una plantilla que se plantaba con el miedo de un humilde ante una mayoría de rivales modestísimos. Ganaba por la mínima o empataba y el liderato del subgrupo facilitó una cuestión de fe. El entrenador que más elogios ha concitado en el deportivismo para un bagaje tan modesto en algún momento tenía que aprovechar el caché de la plantilla. Era imposible que futbolistas con tanto talento no jugasen ni un solo buen partido, aunque las virtudes no se intuían por ningún sitio. Costaba encontrar una seña de identidad, una idea con la que se sostuviese la coartada de que el proyecto requería paciencia. Los campos artificiales, la presión, la complejidad de jugar en Segunda B —Uche Agbo sostiene que es más difícil que en Primera—, la ausencia de público en Riazor... Las excusas, por el libro, fueron cayendo una tras otra. ¿Cuál sirve para mitigar el ridículo perpetrado por el Deportivo de Fernando Vázquez contra el filial del Celta? Ninguna.

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