Esperpéntico ejercicio de impotencia


El Dépor fue a jugarse la vida a Miranda de Ebro con menos dignidad de la que ya se le suponía a esta plantilla arrodillada. Y ya era poca. Deambuló durante más de 20 minutos, recibió un gol por un golpeo bien ejecutado (esta vez no lo facilitó una estupidez de algún chaval extravalorado) y no se apreció el más mínimo síntoma de reacción. Pensar que un grande al borde de la Segunda B tenga que recibir un sopapo para espabilar el día que puede quedar prácticamene descendido ya resulta patético, pero que al 1-0 no le suceda un terremoto roza el esperpento. Nada nuevo en una plantilla empeñada en suicidarse y manchar el escudo que representa.

Ba reapareció en el once para dedicarse a lanzar pelotazos a ninguna parte. El mismo lugar en el que parecía querer acomodarse Peru de vuelta de otra lesión. Tampoco había carrileros en los carriles de un equipo que durante muchos minutos nadie sabía a qué esperaba para huir del abismo. Ni Christian Santos va a marcar siempre en el primer balón que toque. La reinvención de Borja Valle como mediocentro hace algunos partidos que ya no cuela para rivales advertidos de cómo cegarle en una zona en la que ahora escurre el bulto como puede. Y así todo. Y así durante tantos partidos.

El asedio final del Deportivo solo añade un ejercicio de impotencia al penúltimo partido vergonzoso de la temporada. Llegados a este punto, y después de meses de esfuerzos por evitar la caída de un club centenario, si la permanencia a Segunda le toca en suerte el lunes, será porque alguien se la regala. 

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