La borrachera de Peru Nolaskoain


Una noche, Peru se encontraba hundido en su habitación. Con la inexperiencia y debilidad a la que condena la juventud. Empezando a sufrir en sus carnes los sinsabores de la vida. Del fútbol. De una profesión que desde fuera es un caramelo. Que da mucho dinero. Pero que también provoca unos altibajos emocionales para los que no todo el mundo está acostumbrado. Y menos un chaval de 21 años que sale de casa por primera vez.

Y en ese solitario cuarto, se apoyó en los que creía sus amigos. En vez de descolgar el teléfono y llamar a alguien o emborronar una hoja de papel con sentimientos inconfesables, le dio al blanco de Instagram para compartir su desazón con un grupo privado de amigos (?).

No fue lo que dijo, ni cómo lo dijo. Sino cuándo lo dijo. En un momento en el que cualquier cosa molesta. Y en su gesto catártico encontró el vasco su penitencia.

«Y, aparte, no salgo de fiesta... Salir de fiesta para emborracharme y para olvidar la puta mierda de año que estoy haciendo y estamos haciendo. No, no. Me quedo en casa haciendo el subnormal», se lamentaba.

Aquella jugarreta pudo haberlo marcado para el resto de los días en el Dépor. Pero a pesar de su bisoñez supo afrontarlo. No se escondió. Dio la cara. Pidió perdón. Y ayer, con su fe, hizo creer que todavía es posible el milagro de salvar la categoría.

Peru rompió una racha histórica (19 partidos sin ganar) y se ganó, al menos, una borrachera navideña del calibre de la que provocó en el ánimo de un deportivismo que se aferra ahora a la ilusión del nuevo proyecto que liderará Fernando Vidal, a la complicidad de Abanca, al mercado de invierno y a una intensa carrerita de Fernando Vázquez camino de la salvación. ¿Por qué no creer? Es Navidad.

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