Las mil caras del espíritu de Riazor

Desde su estreno, el estadio se ha ido adaptando a mejoras y necesidades


Riazor cumple hoy 75 años. Nada más que la Torre de Marathón queda en pie del antiguo estadio, inaugurado tal día como hoy de 1944. Concebido como el centro neurálgico de uno de los espacios deportivos más grandes de España, capaz de albergar todo tipo de modalidades, se ha ido adaptando a las necesidades y las obligaciones del Dépor, que lo ha convertido, a lo largo de las décadas, en uno de los grandes escenarios del fútbol mundial. Así, su espíritu no solo no ha envejecido, sino que hasta se ha enriquecido de la mano del mismo deporte rey que amamantó en sus entrañas desde el primer día.

La fotografía más significada de aquel primer estadio refleja un recinto con forma de herradura culminado por un portal de columnas que lo comunicaba con la playa de Riazor. Construido bajo la dirección de Santiago Rey Pedreira (A Coruña, 1902-1977), el viejo campo era mucho más que un estadio de fútbol, pues albergó todo tipo de modalidades deportivas: atletismo, ciclismo, hípica,... Además, permaneció prácticamente inalterable durante casi veinte años. Las balaustradas de su Grada Elevada (la actual Preferencia Superior) recordaban por sus cruces (recuperado su dibujo en la actual equipación del Dépor de color verde) a las del estadio de Gerland, en Lyon, o a la fachada de la tribuna de la pista Philippe Chatrier, donde se disputa Roland Garros. Y en el estadio de la Fiorentina también se levanta una torre di maratona.

Primero, llegó la iluminación artificial y, una década después, se construyó el Palacio de los Deportes, justo allí donde antes se levantaba la antigua columnata. La solicitud por parte de la ciudad para albergar una subsede del Mundial 82, concedido a España en una reunión de la FIFA celebrada en 1964, anunció la creación del germen del estadio, tal y como se conoce ahora.

Aún con las pistas circundando el césped y el pabellón detrás de una de sus porterías, se cubrieron sus graderíos con los característicos cables de color rojo que sujetaban, cual si fueran mástiles con sus estáis y sus obenques, la cubierta colgada.

El atletismo seguía presente en el día a día del estadio, que se modernizó a mediados de los ochenta con los marcadores electrónicos. Grandes atletas gallegos, como Andrés Díaz o Marta Míguez se entrenaban y competían allí, pero los días de las pistas estaban contados. El crecimiento del Deportivo, que definitivamente se hizo un hueco entre los grandes del fútbol español con la conquista de la Copa de 1995, obligó a construir dos nuevas gradas en los fondos, que en los años finales de la década enterraron el óvalo de pistas y cerraron el estadio. Riazor se convirtió así en la bombonera donde el Deportivo vuela en solitario.

Al cabo de otros veinte años casi sin obras, más allá de la construcción de los palcos VIP tras la conquista del título de Liga, Riazor se enfrentó en los últimos meses a un lavado de cara y una costosa reforma que borró los característicos mástiles de sus techos.

El espíritu de sus pioneros permanece en un estadio transformado y distinto, que vibra y se emociona cada quince días, pero sigue vivo mientras se encamina al centenario.

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