Koné, de pufo a ídolo

El punta marfileño repasa, junto a viejos conocidos y compañeros, su difícil inicio en el fútbol español recién llegado a Santander, a donde ahora viaja con el Dépor


a coruña / la voz

«Pensábamos que era un pufo. Un farol que le habían metido al Racing».

«Lo que yo vi fue un jugador de grandes cualidades físicas. Muy explosivo, rápido y desequilibrante».

Entre las palabras de Jonathan De Amo y las de Pedro Munitis media un salto de tres categorías, unos pocos meses y la peculiar adaptación de un futbolista que aterrizó en Santander abrazado a una duda. «Me costaba todo», admite Mamadou Koné cuando mira hacia el chaval que llegó a la capital cántabra en agosto del 2010; a los 18, huérfano, apartado de sus cinco hermanos y con el francés como único idioma. «Al principio no podía ni ir al colegio. Me quisieron apuntar a una escuela, pero no entendía nada», abunda al hacer memoria de sus primeros días al servicio del Racing.

Entonces conoció a papa Teo, como lo llaman él y muchos de quienes pasaron por La Albericia, antigua residencia del club en la que Koné consumió horas entre la habitación y la cafetería. «Me daba pena. Se pasaba un montón de tiempo allí, sentado al lado del teléfono, pendiente de poder hablar con su casa», relata Doroteo Fernández, primer tutor del marfileño. «Me lo gastaba todo en recargas para poder llamar», corrobora el delantero. Ya retirado, Teo rescata de aquella época el día en que él y su esposa Chachita, recientemente fallecida, sentaron a la mesa en Navidad a Mamadou y a otro joven compañero, Inoussa Hassane, llegado de Níger: «Mi mujer ponía lo clásico: jamón, langostinos, lechazo, almejas, y ellos lo miraban todo casi con la boca abierta». «Es que tenían tanta comida», se explica el ahora atacante del Deportivo, a punto de retornar como visitante al Sardinero, donde jugando de local adquirió la condición de estrella.

Antes tuvo que pulirse en el filial, con la complicidad de su entrenador -«Me cogió cariño y venía a la cafetería a intentar hablar francés conmigo»-, y la de algún compañero: «El que más me ayudó fue Jonathan; se preocupó por mí desde el principio».

Jonathan De Amo, recién llegado también a Santander desde Barcelona, pulido más tarde en el Celta B y ahora futbolista en Polonia. «No nos entendía nada y estaba siempre apartado en el vestuario, muy tímido. Le costaba mucho abrirse y a mí esas situaciones me dan ternura, así que decidí acercarme a él; al principio, de la forma más fácil: enseñándole palabrotas», confiesa el espigado central, que se arrimó a Koné pese a no tener nada claro su valía como futbolista: «En el campo era igual de tímido que fuera, casi se apartaba del balón, y nosotros pensábamos que era un pufo. Un farol que le habían metido al Racing porque tenía el mismo representante que Torrejón -jugador del primer equipo-. Después me acuerdo que Tato y yo le vimos algo diferente; tenía un primer control espectacular, cosas que lo hacían distinto».

Tato es Luis Alberto Día Ocerín, otro integrante de aquella plantilla que militaba en Tercera y quien junto a Dani Pinillos y Jonathan se convirtió en solución para la tristeza del marfileño. «Lo pasábamos a buscar en coche y lo sacábamos por ahí. Y cómo bailaba. Le encantaba bailar, era un bailarín increíble», asegura De Amo. «Eso sí, no bebía nunca, por temas de religión. Tampoco se quería quedar a dormir fuera, todas las noches volvía a la residencia para rezar», añade antes de mencionar una afición en la que Koné no tenía la misma destreza que en la danza: «Era malísimo a la Play Station».

Túnica y comer con las manos

El choque cultural dio para varias anécdotas distintas a las propias de la religión. «Al principio venía a entrenar vestido con una especie de túnica y notaba que lo mirábamos raro. Hasta que un día le dije que me tenía que traer otra igual para mí, que yo también quería una. Las bromas así nos ayudaban a romper el hielo, porque él cuando se suelta también es muy bromista», afirma el defensa catalán.

La relación se estrechó y durante una visita de sus padres, Jonathan invitó a Mamadou a comer en familia. «Mi madre había hecho paella y a él se le pareció a una comida típica de Costa de Marfil, una especie de pasta que comen con las manos. Cuando le dije que con nosotros podía comerlo así también, se quedó sorprendido. Y menuda habilidad, no se le cayó ni un grano», relata el jugador del Termalica Neciezca polaco, pendiente de reencontrarse pronto con su amigo.

Nunca perdió el contacto con Koné y tampoco tardó en escuchar sobre él cuando tres años más tarde se enroló en el filial del Celta: «Me preguntaron por él porque lo querían para el primer equipo. Pero justo entonces se lesionó y aquello se quedó en nada».

El delantero era ya pieza clave en el Racing, donde se estrenó coincidiendo con la última temporada en la carrera de Munitis. «Lo que yo vi fue un jugador de grandes cualidades físicas. Muy explosivo, rápido y desequilibrante -desgrana el ex del Dépor-. En aquel momento no tuvo muchas oportunidades, pero en Segunda B me pareció uno de los futbolistas más determinantes que he visto. Tenía una superioridad tan grande que el equipo se basaba en él a nivel ofensivo». Atrás quedaba el pufo. A Santander vuelve un ídolo.

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Pedro Munitis (Santander, 1975) conoce de cerca a los dos equipos que se medirán esta jornada en El Sardinero. Y no le agrada la situación que atraviesan: «Lo estoy viviendo de forma dolorosa por lo que me toca, por el cariño que tengo a ambos». El Racing lo formó como jugador y en él militó doce temporadas repartidas en cuatro etapas antes de volver convertido ya en entrenador para ocupar durante un curso su banquillo. En A Coruña vistió de blanquiazul tres campañas.

-Tiene a los dos ocupando el fondo de la tabla. ¿Sorprendido?

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