Al ascenso en autobús

Los hinchas del Dépor se metieron casi treinta horas de viaje para estar en La Rosaleda


Treinta horas de viaje para hora y media de partido. Un tour de seis paradas (A Coruña - Ponferrada - Medina del Campo - Madrid - Jaén - Antequera - Málaga) al que se apuntaron un montón de deportivistas sin necesidad de aparecer en la lista de Martí. El 12 fueron esta vez más de quinientos, llegados por tierra y aire; en coche, avión y, sobre todo, en autobús.

La mayoría de quienes a las nueve de la noche subieron a dejarse la garganta desde una esquina de La Rosaleda, estaban a las ocho de la tarde del viernes haciendo fila en Riazor. Desde allí salió cantando la expedición blanquiazul, aunque el jaleo duró lo justo porque el trayecto invitaba a guardar fuerzas y dormir. «Vinimos casi todo el tiempo en silencio», contaba antes del partido Ainhoa Vázquez, 21 años, escoltada por los cuatro amigos (Carla, Andrés, Christian y Diego) con los que había recorrido esos 1.100 kilómetros de carretera que separan A Coruña y Málaga. O Antequera, más bien.

Porque fue en esta localidad donde quedó acantonada la expedición blanquiazul a la espera de escolta policial y donde la mayoría de aficionados tenían previsto hacer noche antes de volver a subirse al bus.

Cumplido el trámite de seguridad, los seguidores coruñeses accedieron al campo entonando y haciéndose escuchar entre los miles de hinchas locales que atestaban las gradas del estadio malacitano tras haber dispensado un multitudinario recibimiento al conjunto local, hora y media antes del choque.

No fue fácil para los ocupantes del gallinero hacerse oír. Desde el inicio del duelo hubo exhibición de potencia vocal de los de casa, coreando el himno que, palabra por palabra, iba pasando por los vídeomarcadores.

Puestos a tono, continuaron con los cánticos, solo interrumpidos por el gol de Bergantiños, que silenció todo el estadio menos esa esquina cargada de fe. «Su ruido ayuda -agradecía después Bóveda-. Es gente que habrá pensado que el viaje de vuelta podía ser la leche o una tortura. Y han tenido la suerte de poder venir».

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