Perder en el Bernabéu es algo que entra dentro de lo normal para un equipo como el Deportivo. Por eso, sacar un punto o, incluso, caer compitiendo, pueden ser considerados buenos resultados de cara a preparar el siguiente partido. Porque, de cara al futuro, resulta importante el refuerzo moral que dan los resultados. Algo que, tras la goleada de ayer, no sucederá. Todo lo contrario.
Cuando uno, como entrenador, se pone a preparar un encuentro como el del Bernabéu, piensa en jugar replegado de inicio, aguantar los primeros minutos y tratar de mantener la portería a cero durante ese tiempo que ellos sabes que saldrán a morir. El objetivo es mostrarse ordenados, no tener prisa cuando robas a la hora de dar el primer pase y, luego, buscar velocidad en las contras. Así, aguantar mientras tengas el 0-0 en el marcador. Y resulta que con este planteamiento, te encuentras con el 0-1 y parecía que todo podía seguir igual. Sin embargo, pienso que el 0-1 llegó muy pronto, con mucho tiempo para que ellos despertaran.
Y lo hicieron. Pero incluso con el 2-1 camino del vestuario estabas en el partido y podía pasar cualquier cosa en la segunda parte. Y ahí creo que estuvo la clave. En la lesión de Mosquera. El medio del campo parecía que estaba bastante junto, presionando y dando un aceptable nivel. Pero con la entrada de Edu y, posteriormente, de Çolak, el equipo perdió presencia.
Ya desde el inicio del segundo tiempo parecía que lo difícil era acertar en qué minuto llegaría el tercero, porque todo el mundo sabía que iba a llegar. Y lo hizo tras los dos primeros cambios.
Luego, aunque con el 4-1, Andone falló dos seguidas, fue un recital de juego ofensivo madridista con un Marcelo que hizo lo que quiso por su banda y un Dépor que se mostró muy blandito, tirando por tierra el aceptable trabajo del primer período.