Algo más de luz en Riazor

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Como la semana anterior, Schär terminó enseñando adbominales, regalando sonrisas y viendo volar su camiseta hacia la grada. Sin que se hubiese consumido todavía el mes de septiembre, el tremendismo asomó ya un par de veces por Riazor con uno de esos finales felices liberadores. Y esa angustia tiene muchos padres. En ese clima de desconfianza, en el que el entrenador siempre aparece como el principal culpable, en realidad casi nada pinta ni negro ni blanco. Y por la rica paleta de la escala de los grises se mueve el equipo. ¿Desde el encuentro ante el Alavés arroja síntomas de mejoría el Deportivo? Sí. ¿Consiguió el control del balón en los tres últimos partidos? Sí. ¿Va encontrando ahora un patrón de juego a partir de la posesión? Poco a poco. Claro que toda esa evolución la arruina una carencia todavía irresoluta. Cuando el balón vuela por su área, el pánico se adueña del Dépor. La desconfianza pasa de unos jugadores a otros. No la aporta de ninguna manera hasta el momento Pantilimon ni tampoco termina de conseguirla el resto de la defensa. Por ahora, cualquier rechace es susceptible de generar un incendio. Y para un equipo que todavía se mueve por los alrededores de la zona de descenso, no hay urgencia más clara que resolver todas esas dudas cuando el rival tiene el balón. El Getafe, por encima de todo, marcaba la supervivencia de Mel. Y con el entrenador cuestionado, el equipo no dudó. De las palabras facilonas de respaldo al técnico en la sala de prensa, la plantilla pasó a los hechos. La remontada se cimentó en el fútbol, el compromiso y la pegada. La recuperación necesita a todos. Sin egoísmos como el de Bakkali cuando negó un pase cantado a Lucas. No es la primera vez que prefiere su lucimiento al colectivo.

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