CESAR QUIAN

El lateral cierra con su fundamental tanto un momento difícil en la larga relación con el Dépor

22 sep 2017 . Actualizado a las 17:22 h.

Luisinho guarda la foto. Al fondo, en estampida hacia la grada, Aboubakar festeja un gol. En primer plano, en cuclillas y con gesto resignado, el lateral zurdo del Dépor mira hacia la red de su portería, en la que acaba de entrar el balón. Nadie podría encontrar en esa instantánea nada que justifique su conservación. Al menos nadie que pase por alto un par de detalles: Luisinho jugaba aquel día en su ciudad natal y en el brazo izquierdo lucía el brazalete de capitán.

La imagen, perteneciente a un 5-0 en O Dragao, la única derrota de la reciente pretemporada, había sido alterada por el portugués antes siquiera de tomarse. Porque aquel día, el 16 del Deportivo no había sido designado como capitán. Sin embargo, una charla hizo cambiar de opinión a Mel, en atención a lo importante de la cita para su jugador.

El veterano carrilero pasó la fase preparatoria obsesionado con dos cosas: ganarse una plaza de titular y ser elegido entre los portadores del brazalete. Para muchos, esto último jamás sería motivo de obsesión, pero él veía en la cinta una doble fuente de alegría. Por un lado, el reconocimiento a su trayectoria. Por otro, el perdón.

Luis Correia Pinto llegó al club en medio de fuertes turbulencias y tras una negociación complicada que estuvo a punto de frustrarse por la falta de claridad en la propuesta de la parte contratante. El futbolista procedente del Benfica iba a emprender camino de vuelta a Lisboa cuando obtuvo las garantías exigidas y decidió quedarse en A Coruña. Aquel curso resultaría clave en el ascenso, una conquista fundamental que ya solo él puede relatar en primera persona en todo el plantel blanquiazul.

Con el equipo de vuelta en la máxima categoría, Luisinho rindió bien hasta que se produjo el Víctor por Víctor al frente del banquillo. Tuvo, es cierto, roces con compañeros, pero nada grave hasta que el nuevo entrenador tomó partido en una acalorada discusión con Arribas, a punto de iniciarse la 2015-2016. El lateral zurdo recibió un castigo que acabó multiplicándose por la aversión del técnico y degeneró en guerra abierta. Sánchez del Amo lo pagó con su salida del club, mientras que el jugador permaneció en la entidad solamente porque ninguna oferta por él satisfizo a los dueños de sus derechos.

Recibió, eso sí, un aviso: cualquier nuevo acto de indisciplina conllevaría una rápida resolución de contrato. A partir de entonces, el comportamiento del carrilero resultó ejemplar. Pulió incluso su relación con Arribas, con quien, en un gesto lleno de significado, se abrazó tras un gol. No olvidó sin embargo lo sucedido, y dejó un recado a Víctor cuando este se convirtió en entrenador del Betis, conjunto frente al que hizo su mejor encuentro en años, y marcó.

Anotó aquel día un gol clave, aunque no tanto como el del miércoles contra el Alavés. Ese, el quinto de su carrera blanquiazul, salvó probablemente la cabeza del míster, apenas tres días después de que Mel lo hubiese relevado por Navarro en el once del Villamarín. Allí pagó con una entrada a destiempo y una actuación discreta la segunda frustración en pocos meses. La primera había llegado en Vilalba, cuando se le negó una plaza entre el grupo de capitanes. La veteranía, el rendimiento en el campo, y su cambio de actitud no bastaron. Luis recibió como un enorme revés la decisión.

Pero esta vez apretó los dientes, evitó la tentación -«No voy a mostrarles un arma», bromeó, quizá, en sala de prensa-. Fue titular en los tres primeros duelos, en los que estuvo entre lo poco bueno, lo sentaron en el cuarto, y en el quinto hizo gol. Fue el ejecutor de la única victoria del Dépor en este arranque, triunfo crucial para sacudirse al menos cierta presión.