«O Dépor é grande»

Fue solamente durante un Teresa Herrera, pero durante dos partidos el Deportivo alineó en el mismo once a dos brasileños que estaban destinados a hacer historia en el club blanquiazul; Djalminha y Rivaldo


Los ojos inyectados en sangre, un discurso pasional con tintes nostálgicos directo a la fibra emocional de sus jóvenes compañeros. Las imágenes del veteranísimo Zé Roberto arengando a su equipo, el Palmeiras, en el vestuario, antes de un partido del campeonato brasileño dieron la vuelta al mundo, por la forma y por el trasfondo de un discurso que apelaba a la grandeza de un equipo que acogió a algunos de los mejores futbolistas de la historia del fútbol brasileño, una arenga con un grito de guerra por encima de todo «O Palmeiras é grande».

La espectacular arenga de Zé Roberto El veterano jugador del Palmeiras quiso motivar a sus compañeros con un discurso emocional

El Verdão cuenta con un extenso palmarés, pero la historia del conjunto de la ciudad de Sao Paulo tiene su punto álgido en 1996, cuando bajo el patrocinio y poderoso sustento económico de Parmalat, reunió a una nómina de jugadores impresionantes, que en el curso 1995-1996, no solamente conquistaron el Campeonato Paulista con una insultante superioridad, sino que enamoraron a toda América con una temporada histórica en la que acumularon 102 goles y donde solamente perdieron un partido en todo el campeonato liguero.

Un Palmeiras practicamente invulnerable que contaba con jugadores estratosféricos que, años después, harían carrera en Europa; Cafú, Roque Junior, Amaral, Flavio Conceiçao, Zinho, Müller o dos iconos del fútbol mundial que dejaron una huella eterna en Riazor, un binomio destinado a convivir y entenderse dentro del campo como uña y carne; Djalminha y Rivaldo.

Los dos astros lideraron a aquel Palmeiras de ensueño, formando un triángulo mágico con Luizáo, aquel delantero que también fichó por el Deportivo. Djalminha fue autor de 15  goles y Rivaldo 18, en un equipo que acabó con 83 puntos de 90 posibles y que aventajó al segundo clasificado en veintiocho puntos.

Entonces, como ahora, Sudamérica empezaba a ser el caladero de los clubes punteros de Europa, el Dépor no lo era, pero su intención era empezar a serlo. Para ello, Augusto César Lendoiro, como había hecho en 1992 con Bebeto y Mauro Silva, volvió a acudir al mercado brasileño en 1996 para traerse del Palmeiras a Rivaldo, tras un histórico desembolso de seis millones de euros.

Aquel Palmeiras histórico se desintegró, muchas de sus figuras emigraron, como hizo Rivaldo, al viejo continente y muchos de ellos brillaron. El propio Rivaldo lideraría desde el primer día a un Deportivo que realizó una magnífica temporada en la 96-97, en la que finalizaría tercero en liga por detras de Real Madrid y Barcelona con 77 puntos. Rivaldo se consagraba en Europa, anotando 21 goles en liga en su primer año en Europa.

Pero no era suficiente, el Dépor quería dar un paso más y luchar por el título de liga era el objetivo. Pese a algunos intentos fallidos como Renaldo, Lendoiro volvió a recurrir a la fórmula que más réditos le había dado, confiar en la magia del fútbol brasileño. Fue entonces cuando volvió a dirigir sus miras hacia el Palmeiras y se trajo a Djalma Feitosa Días Djalminha, por un montante total de nueve millones de euros. Además también se gastó cerca de 5 millones de euros para traerse al delantero centro de aquel histórico Palmeiras, Luizao. Desembolso gigantesco, pero apuesta fuerte y contundente por un ataque que se había convertido en historia viva del fútbol brasileño. De Sao Paulo a A Coruña, del Palmeiras al Deportivo, del estadio Palestra Itália a Riazor. A la afición herculina se le iluminaban los ojos, pero hacía falta una muestra, una prueba de realidad, pasar de la idealización mental a una solidez palpable que alimentase esas fantasías para que dejasen de ser eso, fantasías. Y llegó, fue en el Teresa Herrera de 1997.

Aquel mes de agosto de hace dieciocho años, el Deportivo dirigido por Carlos Alberto Silva se enfrentó en semifinales del torneo al Vasco de Gama, liderados por el animal Edmundo, un delantero espectacular, al que el propio Zé Roberto señalaba como uno de los símbolos del Palmeiras de la década de los noventa. Aquella noche Riazor presenció por primera vez a un Deportivo de ensueño que alineó en el once a un mediocampo formado por Mauro Silva, Donato y Manjarín y el triángulo del mejor Palmeiras de la historia arriba, con Rivaldo, Djalminha y Luizao.

La conexión entre Rivaldo y Djalminha fue total desde el primer minuto, se entendían, se conocían y se hablaban con la mirada. Con un Rivaldo algo escorado a la izquierda y Djalminha en la mediapunta el Dépor destrozó al Vasco de Gama 4-0, con un doblete de Rivaldo y el primer tanto de Luizao con la camiseta blanquiazul. En su estreno en casa, Djalminha ya dejó varios detalles de genio que hizo levantar al público de sus asientos y que no hacían sino alimentar a una afición entregada al ilusionante proyecto que se cernía en  A Coruña.

Pirmera página de Deportes de La Voz del 15-08-1997
Pirmera página de Deportes de La Voz del 15-08-1997

Dos días después se jugó la final del torneo, el rival sería el PSV, uno de los grandes de Europa por aquel entonces. El Dépor avasalló al conjunto holandés con un juego vistoso y espectacular que disparaba las expectativas a falta de pocas semanas para el comienzo de la liga. La conexión brasileña Djalminha-Rivaldo maravillaba y demostraba ser insultantemente superior a los rivales, aderezados de detalles técnicos deliciosos que eran jaleados por la parroquia herculina en lo que era una auténtica exhibición. Un espectáculo en todo su concepto. Dos goles de Luizao pusieron el encuentro en bandeja, aunque en los últimos minutos los deportivistas pagaron caro su relajación y el PSV acabaría empatando. El encuentro iría a penaltis, donde el Dépor se alzaría con su trofeo.

El resultado acabó siendo insignificante, porque la ilusión ya se había instalado en la afición, la sensación de poder hacer algo grande era ya una realidad, lo habían visto sobre el campo. Un equipo liderado por dos magos del balón,  dos futbolistas en mayúsculas como pocos habían visto hasta entonces. Dos estrellas que ofrecían al Deportivo la opción de soñar con cualquier cosa esa temporada, con poder convertirse en un Palmeiras a la europea, un conjunto con mimbres y talento para poder luchar con los más grandes.

El dinero quebró la ilusión

Pero entonces se entrometió un grande, el dinero y la voluntad de un jugador de cambiar de aires. El FC Barcelona presidido entonces por Josep Lluis Núñez, pagaba el último día de mercado los 24 millones de euros -4.000 millones de pesetas- en los que estaba cifrada la cláusula de rescisión de Rivaldo, que se marchó atraído por una monumental oferta económica y por la mayor proyección mundial que le ofrecía jugar en un club como el Barcelona. Toda una puñalada al corazón del deportivismo, que jamás olvidó ni perdonó la manera ni las formas en las que Rivaldo abandonó el club ni la actuación del Barcelona, pagando la cláusula el último día de mercado, dejando sin posibilidad de maniobra al conjunto deportivista.

Las ilusiones y tremendas esperanzas de la afición se tornaban en una mezcla de frustración y desasosiego. La gran estrella del equipo dejaba el club de manera inesperada, sin tiempo para asumirlo ni querer comprenderlo. Se rompía también una conexión mágica con Djalminha que prometía ser histórica y dar grandes tardes de gloria a Riazor. Pero no pudo ser. Aquel Teresa Herrera quedará como un ejemplo de lo que podía haber sido aquel Deportivo, un gigante en ciernes liderado por dos maestros que con el paso de los años demostraron toda la calidad que ya entonces atisbaba el público de Riazor.

Djalminha se convirtió en el gran faro del Deportivo campeón de liga, un jugador irrepetible, de los mejores de la historia del club, jugó ocho temporadas en A Coruña y dejó innumerables detalles de calidad, goles y asistencias inolvidables. Y sobre todo, dejó lo más preciado en el fútbol, títulos. Su nombre está bañado ya en letras de oro del club.

Rivaldo, por su parte, eligió hacer historia en Barcelona, pero se topó con un club azulgrana que vivía una etapa muy convulsa. Pese a ello también fue campeón de liga en dos ocasiones, e incluso en el año 1999 recibió el Balón de Oro que lo catalogaba como el mejor futbolista del planeta.

Dos leyendas que acrecentaron y alimentaron la historia de un Palmeiras eterno, un Palmeiras que Zé Roberto quiso recordar a sus compañeros hace apenas unos meses. No es el recuerdo de su fútbol, son los valores, la pasión y el amor por el fútbol que desprendían jugadores como Djalminha y Rivaldo. Dos jugadores de estilo puramente brasileños, dotados de una técnica prodigiosa, que entendían la vida y el fútbol como un modo de espectáculo, alegría y diversión. 

Riazor estaba destinado a disfrutar de ese espectáculo durante al menos una temporada. Aunque finalmente la alegría y diversión fue mucho más efímera, la historia y el recuerdo de haber podido disfrutar de dos genios de este deporte ayudó a que el prestigio y la grandeza del Deportivo diese la vuelta al mundo. Djalminha y Rivaldo, Rivaldo y Djalminha también estaban en la cabeza de Zé Roberto en esa arenga, al igual que estarán siempre en el recuerdo de todos los aficionados deportivistas y de los verdaderos amantes del fútbol.

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