Valía todo, pero solo servían los tres puntos. La oportunidad de dar un golpe encima de la mesa, de situarse a las puertas de la tranquilidad, tirada por la borda en cuarenta y cinco minutos infames. Tras dos empates en las últimas siete citas, el Dépor solo parece confiar en lo que los demás no sean capaces de hacer.
Con todo a favor, sin la imperiosa necesidad de puntuar gracias a los regalos ajenos, el equipo coruñés no dio la talla en Getafe. Llegó tarde y mal a un choque decisivo. Y no hay que atribuírselo a un rival que, como únicas virtudes, puso oficio y manejó el tiempo. Nada de eso. La derrota pesa, sobre todo, en el haber propio, en la incapacidad para encarar con personalidad una cita que deja un poso incómodo, más preocupante incluso que el tropiezo en sí mismo. Porque, en el fondo, caer ante un rival también necesitado entraba entre las posibilidades; lo complicado, lo que resulta realmente difícil de digerir, es que en una situación limite solo se reacciona cuando todo está prácticamente perdido. Lo más grave de lo sucedido ayer en Getafe está en la desconfianza en el futuro, en las dudas que genera un grupo que parecía que había olvidado ya el errático arranque de temporada.
El equipo coruñés sale tan tocado de la jornada como el Córdoba, el Granada y el Almería. Y eso que el primero podría firmar en Riazor el miércoles el histórico récord de once derrotas consecutivas. Al segundo -Granada-, el tropiezo -y la imagen- del Dépor le alivian de haberse apropiado de la mayor goleada en contra de la temporada, un dudoso honor del que privó precisamente al cuadro coruñés. Las penas de un Almería que está a punto de estrenar el tercer entrenador de la temporada se reducen en la medida que el Dépor complica su situación. Y sale tan tocado, porque sabiendo lo poco que habían hecho sus rivales directos, regaló 45 minutos. En la reacción incluso pudo haber conseguido un empate, más injusto aún que el triunfo de un Getafe práctico.
El Dépor sale muy tocado del Coliseum Alfonso Pérez; deportiva y anímicamente. Por la derrota y por la necesidad, ahora sí, de superar a un Córdoba desahuciado. Y lo hará sin Lucas Pérez ni Cavaleiro.