El meta, que llegó a jugar de delantero en el Vecindario, triunfa en el Dépor tras un comienzo difícil
13 nov 2014 . Actualizado a las 14:26 h.Detiene el paso camino del vestuario. Frente a la entrada del túnel de Abegondo, mientras se sacude la hierba de las botas, levanta la cabeza, escucha y sonríe: «Eran otros tiempos». Los de Vecindario. La casa de la calle Bilbao, esquina con Murillo. A un paseo, por Canalejas y Las Tirajanas, del estadio (de césped artificial) donde Fabricio empezó en eso del fútbol. De portero, casi siempre.
Casi. «Lo primero que me dijo es que jugaba de portero delantero. Que cuando se aburría y no jugaba, el entrenador lo ponía de delantero para que al menos se cambiase e hiciese algo». Sixto recuerda bien aquellos días. Cuando él entrenaba a los juveniles de la localidad canaria (hoy trabaja como ojeador para el Real Madrid) y Fabricio acababa de ascender al conjunto de División de Honor. Allí también tuvo minutos de ariete. «El caso es que como era tan alto, medía casi 1,90, llegó a meter varios goles», relata su técnico de entonces.
Aunque lo suyo de verdad, era pararlos. «Con él fuimos subcampeones de Liga y llegamos a las semifinales de Copa tras eliminar al Atlético de Madrid. Aquel día jugó un partidazo, paró un penalti en el último minuto, y Aridane, que estaba lesionado, salió desde el banquillo para tirar una falta y la metió».
Aridane también acude esta vez a la llamada. Desde Tenerife, donde ejerce de punta chicharrero, recuerda que conoció a Fabricio con 8 años. «Yo entonces era el más grande del equipo y jugaba de defensa, así evitaba encontrarme con él».
«Entrenábamos juntos y al acabar nos íbamos a jugar a otra cancha. Todo el día con el fútbol. Congeniamos. Él es reservado y yo muy extrovertido. Me ayudaba con los libros. En el instituto íbamos a la misma clase y cogíamos las mismas asignaturas. Me echaba una mano en inglés. Siempre sacó buenas notas». Inseparables también cuando para crecer tocó cruzar el charco.
«Fue a hacer una prueba con el Madrid a un torneo en Alcalá de Henares -relata Sixto-. Y les gustó mucho, pero cuando Ramón Martínez llamó al Vecindario, el Deportivo tenía el acuerdo con el club y se lo llevó».
Fabricio cambió la calle Bilbao, donde se crío junto a su madre y sus hermanos, por una habitación de residencia para tres. Él, Óscar Sánchez (hoy retirado) y Aridane. «Fue duro; del sol a la lluvia. Nos apoyábamos unos a otros, porque solos no sé si hubiéramos podido aguantar», cuenta el delantero (el de verdad), que confiesa su admiración por el meta y su fortaleza: «Había que pararlo. Quería entrenar a todas horas. Le decíamos: '¿Pero a dónde vas si tienes la escayola hasta arriba?' ¡La personalidad que tiene que tener un chico que llega solo a una ciudad nueva y en la primera o segunda semana se rompe la tibia». Porque Fabricio empezó en el Dépor con mal pie. Levantando pesas con una pierna rota. Hoy levanta la cabeza y sonríe: «Eran otros tiempos».