Ya había avisado la pasada semana de que el partido contra el Valencia no me servía como referencia de nada. Se juntó un poco todo a favor del Deportivo: una activación del 120 % en la plantilla, con una actitud e una intensidad muy importantes por parte de todos, y luego se dio un partido en el que salió todo a favor. Solo se podría convertir esa brillante victoria en un punto de inflexión si el equipo era capaz de conseguir un punto intermedio.
Y el partido contra el Getafe comenzó bien, con un Dépor que quería marcar el ritmo de juego, aunque con menos profundidad de la necesaria. El problema fue que, a medida que pasaban los minutos y no generaba peligro alguno, el Getafe fue creciendo. Marcó el primer gol y se encontró con el segundo a los veinte segundos de comenzar en un auténtico accidente. Una desgracia que mató el partido.
A partir de entonces observé a un Dépor impotente. Para mí no tuvo nada que ver con un problema de actitud ni de falta de sacrificio. No es que los jugadores no quisieran, sino que no podían. Solo a partir de jugadas aisladas y sin continuidad, como las dos que acabaron con los remates de Postiga.
Con el 1-2 esperaba que entre el ánimo del gol y el empuje de la grada de Riazor, aunque sea por empuje y barullos en el área, el Dépor fuese capaz de dominar y hasta generar ocasiones para empatar, pero tampoco. Fue un querer y no poder. Eso sí, debo decir que me pareció un Getafe más completo que el que vi hace dos jornadas en Anoeta, más sólido y con más poderío, aunque me queda la duda de si la Real Sociedad también le había exigido más.
Después de diez jornadas Víctor Fernández no ha resuelto el gran dilema de este equipo. Se sabe que es un entrenador atrevido y al que le gusta que sus bloques dominen los partidos, pero hasta ahora al Dépor le ocurre como al que quiere abrigarse con una manta corta: o se tapa los pies y se enfría la cabeza, o se tapa la cabeza y tiene frío en los pies. No llega para los dos. En la primera parte del viernes mantuvo la iniciativa hasta el descanso, pero con poca llegada. Y cuando juega con dos delanteros parece que pierde solidez, el equipo se parte, el partido se convierte en un ida y vuelta y puede ocurrir cualquier cosa.