Tiene razón Víctor Fernández. El Dépor no va a pelearle la posición en la Liga al Sevilla. Tampoco al Madrid ni al Valencia -el próximo e inquietante visitante de Riazor-, ni al Barça o al Atlético... Otro asunto es que el técnico haga mal en decirlo en voz alta, en poner paños calientes a un tropiezo que debería alertar a todos o en resignarse ante lo que él mismo parece presentar como un ejercicio de resignación. Lo inquietante es que ese mensaje pueda servir de parapeto para un equipo que, además de emitir señales de alarma en el Sánchez Pizjúan, fue un juguete en manos de un rival bajo la sospecha de su exigente afición.
Caer en Sevilla entra en el terreno de aceptable, pero nunca sin oponer la resistencia que se espera de un grupo que debe aferrarse con uñas y dientes a la permanencia. Sería un error pensar que el Dépor ocupa el farolillo rojo por un penalti errado en el tramo final o por encajar un gol en el tiempo de descuento; el conjunto coruñés mostró en Sevilla defectos que ya había exhibido en compromisos anteriores: un equipo liviano y blando, tan penalizado por los errores propios como por el estado de orfandad de un centro del campo a menudo roto. Aunque, eso sí, hasta el domingo solo había bajado los brazos en la última media hora frente al Madrid. Apuntar al pianista es tan fácil como ineficaz. La solución está en un plantel que no necesite disculparse, pero también en una directiva que mueva a tiempo la tecla adecuada y en un técnico con cintura para aplicar distintas recetas a diferentes problemas.