El Lugo y el Dépor disputan esta tarde un derbi a la vasca. No puede llamarse de otra manera este partido en el que, como en aquel de la primera vuelta, se sucedieron imágenes de confraternización entre unos y otros colores, fiestas gastronómicas en las que camisetas blanquiazules y rojiblancas compartan mesa y mantel, y a la hora únicamente se escuchen cantos de ánimo hacia sus respectivos ídolos. Será como los choques que están protagonizando el Athletic y la Real, cuando en la grada se sientan juntos seguidores de uno y otro y hasta los veintidós futbolistas se atreven a posar juntos en una única instantánea antes de que cada uno defienda con uñas y dientes su portería, o ataque a tumba abierta la del rival en noventa minutos sin pausa.
El Athletic y la Real han sabido construirse un partido solo para disfrutar, para resaltar aquello que les une: espléndidos futbolistas y un único amor por el fútbol. Ambos luchan hasta quedarse sin resuello desde la rivalidad deportiva de plantillas que aspiran a objetivos en la cima de la clasificación, pero completamente alejados del parte de sucesos. Sin botellines al aire, ni contenedores en llamas. Así se espera que sea (como ocurrió en noviembre en Riazor) el partido de esta tarde en el Ángel Carro: nada más y nada menos que una fiesta entre los equipos representativos de dos ciudades vecinas. Cita con mayúsculas que desplazará a Lugo a miles de aficionados de A Coruña. Se aplaudirá al vencedor, aspirante a Primera, y, por qué no, también al derrotado, protagonista sin lugar a dudas de una espléndida temporada. Y punto.
Pero estará tan alejado de los últimos Celta-Dépor, que duele. «Parece imposible que pueda llegar a ser como este», se lamentaba en voz alta Fernando Vázquez esta misma semana. ¿Por qué no? ¿Por qué no se puede jugar en Galicia un choque de altos vueltos, apasionante e intenso desde la amistad? Aquí llega la prueba. Hoy se puede comenzar a construir el derbi a la vasca en Balaídos y Riazor de la próxima temporada.