No necesito decir que comprendo, en toda su intensidad, el grado de temor que angustia al seguidor deportivista a poco que este se detenga a pensar en el futuro que tiene por delante el equipo coruñés. Querer anticiparse a lo que está por llegar es imposible, sobre todo en el fútbol donde no sabemos de científicos investigadores que adelanten el comportamiento normal en este mundo del balón. El balón es un cuerpo redondo que no está sujeto a cumplir los deseos de quien lo golpea, y se mueve por libre de un lado a otro sin atender los deseos del seguidor que sufre lo indecible comprobando que a su equipo los acontecimientos le ruedan en sentido desfavorable.
Sobre estas reacciones en el ánimo del seguidor de todos los equipos que se encuentran metidos en una zona de tremendo riesgo, que nadie me diga nada. Forman cadena los disgustos sufridos por los miles de seguidores del Deportivo, antes y ahora, a través de muchos años de militancia. Me parece oportuno decir que tampoco el presente será el último, porque los clubes de solera tienen vida más allá que la de sus socios más veteranos.
Hay un refrán popular del que se echa mano cuando uno está pendiente de algo que ofrece dudas porque no tiene buenas perspectivas y se teme que estas resulten adversas, refrán que trata de calmar la inquietud diciendo: «Lo que sea, sonará». En el fútbol, la espera no siempre es buena y por esto no se tolera fácilmente. Pesa más el propósito de adelantarse e intentar mejorar el comportamiento reconociendo los errores cometidos. Cuando esto no se atiende, las consecuencias suelen resultar lamentables.
Los seguidores deportivistas, salvo los considerados forofos, creo que coincidirán con la reflexión de este viejo aficionado coruñés.