Cada temporada, cuando se hace público el calendario de la Liga, el fiel seguidor busca de inmediato el orden de los partidos a jugar por su equipo y, en todos los casos, encontrará tres o cuatro jornadas en las que el rival amenaza con poner muy difícil ese permanente deseo de ganar que uno siente por su equipo. En el caso del Deportivo, entre el pasado 23 de septiembre y el próximo 28 de octubre, salta a la vista que los de Oltra se verán obligados a superar unos compromisos que, en el lenguaje futbolístico, suelen calificarse como «partidos imposibles». Uno de estos ya quedó atrás, el del Bernabéu, pero pronto llegará el Barcelona y, después, el Celta, en Balaídos, partido sin pronóstico por tratarse de un choque de rivalidad regional en donde influyen muchos factores, al margen de los méritos que exhiban los equipos a lo largo de un partido del que se hablará largamente.
Hoy, toca el Rayo, equipo que el 22 de mayo de 1983 cerró la Liga de Segunda en Riazor, adonde llegó con una prima, se dijo, de cinco millones de pesetas ofrecida por el Mallorca, equipo que ascendería si los del Rayo ganaban al Deportivo. Y ganaron por 2-1, en una de las tardes más dolorosas vividas por el deportivismo. Eso sucedió hace 29 años. El de hoy puede ser, deberá serlo, un sábado largo y alegre para los aficionados coruñeses. Largo, porque si los de Oltra responden a lo que ellos prometen, muy pronto (antes de las 6 de la tarde) podremos felicitarnos por el resultado del partido de Vallecas. Sin ser exigentes, basta con el empate. Vale, lo que no sea perder.