Creo que Sevilla y Deportivo escucharon de buena gana el pitido del árbitro, indicando el final del primer tiempo. Un primer tiempo en el que ni unos, ni los otros, tenían motivos para quejarse. En primer lugar, ninguno de los equipos se veía rezagado en un marcador que mantenía el 0-0 en todo lo alto. Y no porque los porteros lo hubieran impedido con buenas intervenciones. Sucedió que los primeros 45 minutos de un partido anunciado, antes, como muy disputado, después se limitó a unos amagos en las inmediaciones de una y otra área, pero sin esos disparos en los que da la impresión de que el balón llegará al interior de la portería. Nada de esto. Fueron 45 minutos de más temor que valentía, consumiendo energías en el centro del campo, mucho conservadurismo, algo que abunda cada vez más en los equipos. «Mientras no vayamos perdiendo, no hay problema», dicen para sus adentros.
El segundo tiempo no se guardará en el recuerdo de los coruñeses. Aquel marcador del 0-0 lo rompió el Sevilla a la media hora y, al filo del final, lo aumentó un despeje de Aranzubia con rebote en un sevillista, que significó el 0-2.