No hay princesa sin bruja

Disney ha malcriado a toda una generación. Y, ahora, todo cuento de hadas que se precie, se ve obligado a incorporar la pareja de antagonistas por excelencia


La Voz

Da igual, ya sean buenas o malas, protagonistas o secundarias: las brujas siempre han sido personajes indiscutibles y necesarios en el séptimo arte, desde sus albores hasta la actualidad. No se concibe una historia mágica con princesas y príncipes azules sin estas maléficas hechiceras que, en los últimos años, han encontrado en los vampiros y los hombres lobos a sus grandes rivales, como malos malísimos del cine.

Eran y son los antihéroes que empujan a una historia a convertirse en película. Y gran parte de la culpa la tiene Walt Disney. Durante décadas, ha malcriado a varias generaciones para que exijan, intensamente, estas figuras en la gran pantalla. Planificado o no, el primer largometraje de la casa de Mickey Mouse fue Blancanieves y los siete enanitos, la adaptación del clásico de los hermanos Grimm. En este popular relato, la reina bruja y malvada madrastra intenta deshacerse de la joven de pálida piel hasta en dos ocasiones, para evitar que sea más bella que ella. Pero no lo consigue. Y tampoco logra impedir que el amor triunfe. A partir de ahí, años y años de películas que repetirían hasta la saciedad los mismos ingredientes: personajes calcados y finales felices. Durante décadas, los niños del pasado y del ahora, devoraron, y devoran sin miramientos tramas hiladas por una pareja de buenos, una bruja malvada, hechizos, amor, besos salvadores y un final satisfactorio, componentes de unos cuentos de hadas que Disney, de forma más o menos fiel, se ha encargado de recrear en sus historial cinematográfico. Crió así a toda una prole que creció creyendo en magia y príncipes azules.

Pero ya iba siendo hora de una vuelta de tuerca. Casi 80 años después del estreno de Blancanieves y los siete enanitos, la compañía del ratón más famoso del mundo ha decidido dar un paso más y dejar de contar la historia desde el punto de vista de los buenos. Dejando a un lado los dibujos y centrándose en la carne y en el hueso, en Maléfica hace lo impensable. Angelina Jolie es la encargada de llevar la voz cantante de La Bella Durmiente dejando en un segundo plano a Aurora, la protagonista por antomasia hasta el momento de la versión de 1959. Con esta jugada maestra, que ha convencido con creces a la audiencia y a la taquilla, sigue una corriente que lleva abierta en Hollywood desde los inicios de sus tiempos y que cuenta con un amplio catálogo de largometrajes con el universo brujeril a sus espaldas -disponible en El Corte Inglés-. La Meca del cine se dio cuenta a tiempo que, aunque los cuentos de hadas gustan, no tienen razón de ser sin un personaje malvado en forma de bruja de por medio. Así lo ha hecho con todas las versiones de El Mago de Oz, desde aquella Margaret Hamilton que como Bruja del Oeste hizo en 1939 la vida imposible a Dorothy. O la reciente, y siguiendo la estela de Disney, Blancanieves y la leyenda del cazador. Esta reinterpretación de uno de los clásicos por excelencia, mantiene al personaje de Charlize Theron como mala malísima ofreciéndole nuevos y ricos matices a la protagonista.

Pero no solo de brujas malvadas vive el cine. Disney tardó bastante en darse cuenta, pero comprendió que las buenas también podía dar juego por lo que en 1971 se lanzó con La bruja novata y Angela Lansbury para dejar a un lado la maldad como sinónimo de magia. Con Embrujada y Samantha Stephen, primero en televisión con Elizabeth Montgomery y después en su adaptación cinematográfica con Nicole Kidman en el 2005, llegó definitivamente la era de las brujas buenas que ha tenido su impacto y seguimiento en múltiples series de televisión. Al final, lo que cuenta y lo que se busca es que el cuento de hadas siga vigente, ya sea con magas malas malísimas o buenas buenísimas. Hollywood lo tiene claro: no hay princesa de éxito sin una malvada bruja detrás.

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