Su hijo mayor muere en unas maniobras militares. El pequeño está más ocupado en encontrar su siguiente compañera de lecho que en sus responsabilidades. Y la niña está tan atormentada que la única vía de escape de su propia vida son las drogas. Su mujer ya no lo quiere. Y su hermano solo ansía ocupar su puesto. Él, hastiado de su vida, decide dar un giro radical. Y qué mejor manera que convocando un referendo. Puede hacerlo, porque él es Simon, rey de Inglaterra, cabeza del Estado, del ejército, de la Iglesia y de una familia desestructurada, despiadada, egoísta, falta de valores y de sentido de la responsabilidad. Él, Simon, rey de Inglaterra, anuncia a los de su sangre azul que el pueblo, su pueblo, decidirá si la monarquía es abolida. Si ellos son abolidos. Si él continúa en su cargo, soportando el peso de la corona, y si ellos seguirán bebiendo hasta el amanecer, conspirando por el poder, abusando de sus empleados. Siendo privilegiados. Siendo The Royals, una serie sobre una supuesta familia real inglesa que de real tiene lo justo. Y quizá por eso, porque la monarquía se ve a través del prisma de toda una cultura, la estadounidense, que jamás ha tenido rey, porque bebe de la misma fuente de la que los tabloides se nutrían, cuando el escándalo perseguía a toda una familia, quizá por su irrealidad es la familia más real que pueda haber. Y, realmente, se merecen sus coronas.