Nochevieja. Vieja


Bienvenidos al 2016. O a 1989. O a 1993. O al 2002. Otra Nochevieja más. Hemos repetido el menú de todos los años: marisco, carne y/o pescado, postres navideños, las doce uvas de rigor, pon ahí la Española que van a dar las campanadas, cava, cambio de vestuario, tacones, copas a mansalva, chocolate con churros y resaca posterior. La tradición manda. Las televisiones han repetido el menú de todos los años. Otra Nochevieja más. La tradición manda. Entrantes: canapés de humor con salsa de los mejores momentos televisivos. Plato principal: pareja al cava salteada con uvas sobre balcón de la Puerta del Sol y guarnición de no se equivoquen que primero son los cuartos, ding-dong, ding-dong, ding-dong. Y de postre, variado de actuaciones viejunas con resaca posterior de repeticiones hasta el infarto cerebral masivo. Cuando el reloj da las doce campanadas, salen de su escondrijo cantantes olvidados con olor a naftalina para subirse a un escenario surgido de las cenizas de Murcia, qué hermosa eres, un escenario que ha sido tomado por una pareja de presentadores que todavía se sacuden el polvo y las telarañas de las catacumbas en la que los creíamos reposando durante el resto de la eternidad catódica. Un compendio de chistes malos que harían llorar desconsolados hasta a los payasos de la tele, espumillón, bailes forzados, risas forzadas. Nochevieja. Sobre todo vieja. Muy vieja.

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