Con la natalidad en caída libre, no van a quedar en España niños suficientes para acudir a tanto concurso infantil dirigido a adultos como los que proliferan por la parrilla. En una política de tierra quemada que apuesta por exprimir hasta el último jugo de cada formato que se pone de moda, a imitación de lo que sucede con los programas de cocina, el magnetismo de la espontaneidad infantil amenaza con acabar empalagando al puericultor más vocacional.
Ajena al riesgo, Telecinco clausuró el lunes La Voz Kids echando el anzuelo al público afín con el anuncio de que la semana que viene, a la misma hora, habrá una nueva remesa de niños haciendo gracias en televisión. Será en la segunda edición de Pequeños gigantes, donde ya no solo tienen que saber cantar, sino que se admiten talentos artísticos diversos.
Cinco millones de espectadores para la final de La Voz Kids suman un dato lo suficientemente contundente como para pensar que están en el camino correcto, aunque algunos recomiendan revisar ciertas dosis. Las de los géneros musicales, por ejemplo. Hay sectores que claman por más variedad de melodías en el palmarés ante la omnipresencia de canciones y adaptaciones flamencas, un detalle que sin duda está pensado para complacer al que consideran su público mayoritario. Un 32 % de audiencia solo invita a no tocar lo que bien está.