Martes por la noche. Mientras la ignífuga Daenerys Targaryen quemaba en una pira al bello Khal Drogo, los espectadores preferían buscar respuestas entre los rescoldos reales de Ruth y José. El mismo día en que la casa Lannister y la casa Stark se batían en guerra por el trono de hierro de los Siete Reinos, Ana Rosa y Susana Griso iniciaban, en medio de sus vacaciones y también a cuenta de unas cenizas, su particular batalla por el disputado cetro de reina de las mañanas. Mientras algo más de un millón de espectadores seguían las últimas decapitaciones de la primera temporada de Juego de tronos, enésima ficción americana con el aura de serie de culto, el doble de seguidores demostraron que la realidad es a veces la más cruel de las
ficciones y se decantaron por ese producto marca Telecinco que es Nada es igual.
Es cierto que las series reverenciadas, al llegar a la televisión en abierto, a veces no consiguen un éxito en consonancia con la fama que les precede y el de Juego de tronos, con su discreto liderazgo hasta la derrota final, es un nuevo ejemplo. Las emisiones de pago y las copias piratas les restan al público más entregado. Si además tienen que competir con la pulsión de un macabro suceso, el fracaso es soberano.