Recuerdo al Jorge Javier que le hacía los coros a Ana Rosa en Antena 3, en un toma y daca de risilla contagiosa, al más puro estilo de aquel perro, Patán, de los Autos Locos. Entonces, ya asestaba puñaladas verbales pero lo hacía con tanta gracia y con esa cara de hijo que no ha logrado despegarse de las lentejas de su madre, que no quedaba más remedio que complacerse con el dolor. Luego, con la suficiencia que dar ser líder de cocina mediática, se dedicó a freír a la farándula y demás especies en una salsa a veces de dudoso gusto, básicamente lo mismo que hace en ese programa del que parecemos obligados a renegar, pero que en la intimidad, como Aznar con el catalán, nos atrapa alguna vez. Algo así como un amante que se desprecia en público, pero al que se le suplica más en privado.
Eso es lo que vino a decir el presentador, entrevistado en La noria, sentado frente a un jurado ya de entrada predispuesto a declararle culpable. Y en verdad pecó de prepotencia y de suficiencia pero, sirva en su descargo, no tuvo reparos en reconocer su error al lunes siguiente. Está claro que no necesita que lo salven porque es todo un superviviente.