Desconozco cuál puede ser ahora mismo el parque de televisores 3D en España, pero imagino que un puñado. Eso no quita que los optimistas incorregibles vaticinen un bum a corto plazo. Llegará, seguro, pero con calma. No tanto por el cacareado efecto crisis (que también, andan por los 3.000 euros), sino porque carecemos de contenidos suficientes para sacar partido a las gafas especiales en el salón de casa y en principio lucirá en algunas retransmisiones deportivas que con el paso del tiempo se multiplicarán, sin duda. Eso sin considerar que, como todo cuando empieza, las cámaras estereoscópicas tienen todavía algunas limitaciones técnicas para una visualización plena y a tope, pero ese es otro cuento.

Ayer dieron la final del Roland Garros, que habrán disfrutado otro puñado de privilegiados a no ser que se hayan acercado a algunas pantallas cinematográficas ya equipadas con 3D, que lo ofrecían mediante convenio con el emisor. Serán las salas las que confirmen la potencialidad del factor tridimensional mientras el consumidor no equipe su hogar. Son numerosas las que ya trabajan a marchas forzadas para dar los diez partidos del Mundial que se emitirán en 3D. En las mismas que disfrutamos de Avatar y Alicia en el País de las Maravillas, veremos rodar el balón y cantaremos los goles. La revolución ya está en marcha y es imparable.