La TDT también trae consigo el adiós a las cifras de audiencia convencionales porque en pocas semanas todo vecino tendrá a su disposición una variada oferta de canales que le permitirán acceder a otros contenidos con solo zapear. La situación va más allá de la anécdota y las empresas lo saben, por eso se exigen que les valoren como grupos, sumando sus diferentes canales. He podido comprobarlo en estos días, en hogares (sobre todo de gente mayor) en donde hasta ahora solo entraban las cadenas en abierto, descubren con asombro que existen otras ventanas y en algún caso ya han optado por jubilar algunas de sus antiguas preferencias, pese a que el subconsciente siempre les llevará a pulsar el número uno, La Primera de TVE, la única resistente al impacto inicial. Viviremos un año convulso y encima con el pastel de la publicidad en disputa.
Hasta el ejecutivo más cegato de cualquier generalista sabe que el futuro les dará medias del 10%, con picos que podrán superar esa cifra en contadas ocasiones (finales deportivas o eventos extraordinarios), y valles que se moverán muy por abajo. Parece lógica esa petición de los grupos aunque no podrán evitar el reto publicitario. Es más, también la publicidad televisiva deberá cambiar sus rutinas para centrarse en los distintos targets con el consiguiente cambio tarifario e incluso visual.
En fin, que llega una revolución sin menospreciar la opción de Internet, cada vez más usada por la gente joven. Pueden recuperar su contenido preferido a cualquier hora sin someterse a la dictadura del televisor colectivo. Esa es otra, está a punto de extinguirse la tradicional estampa de la familia (o la pareja) ante el televisor.
De hecho hace ya tiempo que agoniza, pero la TDT acaba de darle el puntazo y de paso se habrá terminado el hogar monorreceptor. En poco tiempo acceder a un nuevo televisor ya no rascará mucho el bolsillo. Adiós con el corazón...