María González, Xavier Alcalá y Xosé Manuel Silva reviven el espíritu del cantante ferrolano Los amigos de juventud del artista se reúnen en la capital belga el año de su 60 aniversario
02 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.La vida es un tren caprichoso que circula por caminos azarosos e imprevistos, y son muy pocas las ocasiones en las que se detiene en una estación del pasado para dar a sus viajeros la oportunidad de coincidir dos veces en el mismo andén. No duden del complicado símil, porque la historia que sigue, y que parece sacada de una canción de Andrés do Barro, no puede explicarse sin él. Hace unos meses, el escritor e ingeniero ferrolano Xavier Alcalá, director de la Oficina de Programas Internacionais de I+D de la Xunta, viajó a Bruselas para poner en marcha la delegación de ese departamento. Amigo de la infancia de Do Barro en Ferrol y letrista de varios de sus temas, Xavier retomó entonces el estrecho contacto que, gracias a Andrés, había tenido en sus tiempos de estudiante en Madrid con el chantadino Xosé Manuel Silva, compañero, consejero, protector y también coautor de sus canciones. Entre ellas, O tren, el único hit en gallego que ha logrado hasta la fecha auparse al número uno de las listas de éxitos pop en España. «Os mesmos» «Pasou o tempo, si, pero seguimos a ser os mesmos», dice Xavier, recordando aquella época en la que escribir, hablar y cantar en gallego en el Madrid de la dictadura era un valiente ejercicio de rebeldía, que le ponía a uno no sólo bajo la lupa de la censura, sino en el punto de mira de la temida Brigada Político Social. «Funcionabamos con máis emotividade que racionalidade, con máis vísceras que seso», explica Silva, que vive desde hace años en Bruselas, donde ocupa la dirección general de Investigación de la Comisión Europea. Ya es casualidad que justo en el año del 60 aniversario de Do Barro -nació en 1947-, los caminos de dos de sus grandes amigos e inspiradores se hayan cruzado en una estación tan a desmano como ésta. Más aún sabiendo que en la capital belga vive también Pica Lapique, sobrina de Andrés. Pero las musas aún escondían más sorpresas. Poco después de su encuentro, Alcalá y Silva supieron que acababa de llegar a la ciudad una nueva consejera de Educación de la embajada española. Era María González Encinar, aquella estudiante de Monforte a la que Andrés había conocido en 1968 en un tren de regreso a Galicia, a la que dedicó uno de sus temas y quien se unió en seguida al joven grupo que se había formado en torno al artista. No la habían vuelto a ver desde entonces. La semana pasada, La Voz los reunió a los tres en un restaurante del barrio más pop de Bruselas, donde confesaron cierta suerte de morriña por aquellos tiempos de conciertos y poemas, en los que su amistad servía de apoyo e inspiración a aquel adolescente genial. Los tres recuerdan a Andrés como un espíritu tan delicado como sus canciones, pero también rememoran su complicada vida, cuyo reflejo apenas se adivina en aquellos textos tan aparentemente inofensivos. Do Barro se apeó del tren, triste y prematuramente, el 22 de diciembre de 1989. Tenía 42 años y hacía tiempo que rodaba por vías muy alejadas de sus amigos. Pero, sin saberlo, les regaló un billete para un viaje largo y hermoso que, cuarenta años después, les ha permitido revisitarle. Seguro que ninguno intuía que era Andrés quien les esperaba en esta estación.